LA COMPLEJA BÚSQUEDA IDENTITARIA DE LA FRANCIA MODERNA

“La France ne peut être la France sans la grandeur”

Charles de Gaulle 

En un periodo de intensa globalización e interdependencia en todas sus dimensiones (económica, política, social o cultural), no está de más analizar cómo están viviendo antiguas potencias europeas y mundiales este lento pero imparable declinar del Viejo Continente en el tablero de juego mundial. En este sentido, quizás el caso británico y francés es el más paradigmático. Ambos países dominaban territorialmente el orbe hace justamente cien años, cuando tras el fin de la Primera Guerra Mundial se repartieron los últimos restos de los derrotados y extintos Imperio alemán y otomano, en África y el Levante Mediterráneo respectivamente, y los añadieron a los ya de por sí vastos imperios coloniales que ya dirigían. 

Focalizándose en el caso francés, a partir de la década de los sesenta se comenzó a observar un claro decrecer de la importancia del país galo en los juegos de poderes mundiales. En un decenio en el que gran parte del Imperio colonial francés se había desgajado de la antigua metrópoli (desde los territorios en África hasta Indochina), el “Hexágono” decidió focalizar toda su atención política en la recién estrenada pero prometedora Comunidad Económica Europea (CEE), de la que fue país fundador y, desde el principio, la gran potencia dinamizadora del proyecto europeo junto a la entonces Alemania Federal. 

El primer padre de la grandeur francesa moderna: Charles de Gaulle 

No obstante, desde también dicho periodo surgió una corriente paralela encabezada por el gran héroe francés de la Resistencia y padre político de la actual Vª República francesa, el entonces presidente Charles de Gaulle (1959-1969), por la que se propugnaba un mantenimiento y promoción de la grandeur francesa (“grandeza” en castellano) que pudiera mantener a Francia como un actor político equiparable a las grandes superpotencias de la contemporánea Guerra Fría: Estados Unidos y la Unión Soviética. En sus famosas Mémoires de guerre (1944-1946) hacía explícita mención al hecho de que Francia no podría entenderse sin el sentimiento de “grandeza” que había acompañado al país desde, al menos, el reinado de Luis XIV entre los siglos XVII y XVIII. 

Charles de Gaulle (1890-1970), padre del moderno concepto de grandeur francesa (EcuRed)

Para ello, abandonará definitivamente el sueño colonial francés, dando por finalizada la sangrienta Guerra de Independencia de Argelia (1954-1962) y focalizó la atención de París hacia el nuevo proyecto europeo. Además, creará una nueva ideología política: el gaullismo. Estaba basado en la creación de una tercera vía encarnada por Francia en la lucha entre las dos superpotencias que ayudara al país a continuar su propio devenir histórico (bajo la premisa de la celebérrima grandeur) y a ser garante de su propia seguridad sin el amparo de la OTAN (organización que abandonó De Gaulle en sus estructuras militares hasta el regreso de Francia en 2009). 

La némesis de la grandeur gaulliana: el concepto de Francia puissance moyenne del presidente D’Estaing 

Con la muerte de Charles de Gaulle, el gaullismo o variantes adaptadas de éste le sobrevivirán con importantes presidentes como Georges Pompidou, Jacques Chirac o Nicolas Sarkozy. No obstante, el declinar de Francia como potencia mundial (en línea con la pérdida de poder de Europa en el panorama mundial) parecía ya en la década de los setenta un fenómeno inamovible, a pesar de que el país contara con un sitio fijo en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (una clara reminiscencia del aún poder colonial que ostentaba en el fin de la Segunda Guerra Mundial cuando se oficialice el nacimiento de esta institución), o su respetable capacidad nuclear autónoma e independiente al abrigo nuclear de Estados Unidos mediante la OTAN.

Sin lugar a duda, la llegada de Valéry Giscard d’Estaing al Palacio del Elíseo (1974-1981) supuso un auténtico cambio en la cosmovisión identitaria francesa hasta el momento. El recientemente fallecido expresidente francés fue consciente de la pérdida de poder en el tablero de juego mundial y, en un ejercicio de pragmatismo, acuñó el concepto de puissance moyenne (“potencia media”) para referirse al rol de su país en el exterior, iniciándose desde ese momento una suerte de “duelo identitario” entre los apólogos de la grandeur francesa gaullista, y los que preferían ver al “Hexágono” como una potencia importante, pero lejana al poder universal que entonces ejercían sin paliativos la Unión Soviética y Estados Unidos, volcándose con el afán federalista europeo que tanto había rechazado De Gaulle al considerarlo un ejercicio voluntario y fáctico de pérdida de soberanía nacional. 

Valéry Giscard d’Estaing (1926-2020) acuñará el concepto de puissance moyenne para Francia en los 70 (Wikipedia)

Los herederos de la grandeur en la actualidad: desde el macronismo hasta el lepenismo 

Lo que sí es cierto es que, en términos cuantitativos, Francia es hoy en día una potencia media. A pesar de ser miembro permanente del G7 o del G20 y ser considerada la sexta potencia mundial en términos de PIB, ha ido descendiendo en este sofisticado ranking en el último medio siglo, representando su PIB únicamente un 3,6% del PIB mundial (por 5% del alemán), y siendo su población menos del 1% mundial (frente al 20% chino). Asimismo, en términos militares, pese a pertenecer al selecto club de países con potencia nuclear, el presupuesto de Defensa francés se sitúa en torno al 3% (frente al 40% de Estados Unidos). 

No obstante, el concepto de grandeur ha sobrevivido a De Gaulle y aún hoy en día está muy presente en las agendas y discursos de numerosos líderes del “Hexágono”. En el mandato de Nicolas Sarkozy (2007-2012), no se empleó expresamente tal término, pero sí se defendió constantemente la vuelta a las “raíces francesas con su cultura y su religión”. Con su presidencia de la Unión Europea en el segundo semestre de 2008 decidió llevar a cabo importantes golpes de efecto como su gestión de la crisis de Georgia o su plan de salvaguarda de los bancos europeos tras el estallido de la que después se denominaría “Gran Recesión”.

En la actualidad, dos grandes figuras de la vida política francesa reclaman la herencia de grandeur, partiendo desde tesis eminentemente rivales: Emmanuel Macron y Marine Le Pen. En el caso del actual presidente de la República desde 2017, ha pretendido recuperar dichas tesis desde la óptica militar, pues ha anunciado la construcción del mayor barco de guerra jamás construido en Europa. El objetivo es el de lograr que Francia mantenga un importante papel en el escenario geoestratégico mundial (reminiscencias claras al discurso de Charles de Gaulle), y pretende lograrlo con el músculo militar con un portaaviones propulsado por calderas nucleares con el objeto de “proteger a Francia, a los franceses y responder a las amenazas del mundo de mañana”. A palabras de la ministra de Defensa, Florence Parly, el nuevo portaaviones debe ser “un símbolo de poder, un testimonio de nuestra capacidad de acción y la voz de Francia en todas las aguas del globo”. Grandeur en estado puro. 

El nuevo portaaviones francés contará con dos plantas nucleares K22 que le proporcionarán la energía eléctrica suficiente para suministrar a una ciudad española de tamaño medio (Atalayar)

Si Macron pretende recuperar la “grandeza” francesa desde el ámbito militar y nuclear (dos de las espadas económicas del “Hexágono”), la líder de Rassemblement National (heredero del antiguo Front National) lo hace basándose en su exacerbado discurso nacionalista francés. Pese a que Le Pen es heredera de un partido que, precisamente surgió por la decisión de Charles de Gaulle de negociar la independencia de Argelia, sí ha parecido tomar parte del discurso gaullista sobre la necesidad de que Francia continúe siendo una potencia de suma importancia en el tablero de poder internacional. 

En los últimos días se ha conmemorado en Francia una efeméride que, sin lugar a duda, supone un caso de rabiosa actualidad sobre la aplicación moderna del concepto de grandeur en el país galo: el 200º aniversario de la muerte de Napoleón Bonaparte. Como es sabido, la figura del corso ha supuesto tradicionalmente en el país un caladero de polémica entre los que defienden su enorme defensa y aplicación factual del concepto de grandeza francés, y los que le consideran un apólogo de la esclavitud y un traidor al espíritu de la Ilustración que pareció dejar a un lado con la implementación del Primer Imperio francés. Con todo ello, desde el Elíseo, Macron se apresuró a asegurar que Napoleón es “parte de Francia”, pero que conmemorar no significa dignificar o celebrar tal efeméride. Por su parte, Marine Le Pen lo consideró un ejemplo paradigmático de “la grandeza de Francia”. 

Como puede observarse, la Francia actual pugna entre dos modelos de identidad nacional antagónicos: por un lado, los creyentes y defensores en que el país debe defender y buscar su grandeur a pesar de su paulatina pérdida de poder económico, demográfico y militar; por el otro, los que parecen asumir con mayor fuerza la pragmática consideración de “potencia media”. 

Como bien considera Pierre-Jean Cusset, la fuerza de un mito reside en su poder evocador y en la regularidad de su invocación, siendo la presencia recurrente de la grandeza una representación muy arraigada en el imaginario colectivo francés. La cuestión reside en que, a la vista del lento declinar europeo (y, por consiguiente, francés) en el devenir del poder mundial, Francia sigue atrapada en una suerte de “representación de sí misma” que ya no se corresponde con la realidad, explicándose así su temor de perder su prestigio internacional y sus constantes referencias desde el fin de la Segunda Guerra Mundial a recuperar una grandeur que hoy en día es más una obsesión identitaria que una realidad fáctica. 

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