LOS BALCANES, UNA HERIDA SIN CERRAR

El presente mes de junio se han cumplido 30 años del comienzo del fin de Yugoslavia. Un estado conformado por una amalgama de etnias eslavas que aglutinaba seis naciones, cuatro idiomas, tres religiones y dos alfabetos; que, a pesar de su realidad heterogénea y sus constantes tensiones internas, supo sobrevivir al paso de varios años gracias, en gran medida, a la figura de Josip Broz Tito. Hoy, tres décadas después, la región continúa siendo foco de atención en panorama internacional debido a conflictos aún sin resolver y a la complicada situación política que atraviesa cada una de las actuales repúblicas.


Lo que empezó como el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos -posteriormente denominado Reino de Yugoslavia– tras fusionarse las dos últimas entidades con Serbia tras la Primera Guerra Mundial y la desintegración del Imperio Austrohúngaro en 1918. Pero pronto comenzaron los contratiempos, cuando el rey Alejandro I abolió la constitución -dejando sin efecto al parlamento- y modificó la organización territorial interna del país, lo que le valió para acumular poder absoluto y disipar las incipientes aspiraciones separatistas en Croacia. Esto significó la firma de su propia sentencia, ya que su política tirana originó revueltas inspiradas por grupos terroristas nacionalistas que acabaron costándole la vida, al ser asesinado durante un viaje diplomático a Marsella en 1934. Así, se dio inicio al tortuoso camino de una tierra siempre marcada por desavenencias y disputas. Pocos años más tarde, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el Reino de Yugoslavia llegaba a su fin tras ser invadido por el Tercer Reich, forzando el exilio de la monarquía, conduciendo al reparto del territorio por parte de Alemania, Italia, Hungría, Bulgaria y los nacientes Estados independientes -al menos en teoría- de Croacia y Montenegro.

De esta forma, con los Balcanes divididos y controlados por las fuerzas del Eje, surgió el movimiento de resistencia autodenominado Ejército Popular de Liberación y Destacamentos Partisanos de Yugoslavia, que se organizaba bajo las órdenes de un comandante que sería considerado por muchos como el padre de la patria yugoslava y principal sostén de su integridad: Josip Broz Tito. El plan y fin primordial de Tito y sus partisanos era bastante claro: recuperar Yugoslavia, volver a unirla e instaurar dentro de sus fronteras un Estado comunista en el que convivieran todos los grupos étnicos y que garantizara los derechos de cada uno de ellos. Sin embargo, los integrantes de esta organización no tenían un pasado limpio, puesto que llevaron a cabo persecuciones y cruentas luchas tanto contra otras guerrillas de resistencia, como contra civiles que no fueran adeptos a su causa. Sea como fuere, los partisanos verían casi cumplida su misión cuando, con la ayuda de los soviéticos, lograron tomar Belgrado y hacerse con el control de buena parte del país.

El renacer yugoslavo bajo un nuevo régimen

Con la Segunda Guerra Mundial ya finalizada y tras el triunfo del Partido Comunista en las elecciones parlamentarias de 1945, nacía la República Federal Popular de Yugoslavia, conformada por seis repúblicas: Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Montenegro, Macedonia y Serbia -que a su vez incluía las provincias autónomas de Voivodina y Kosovo-. El nuevo mapa presentaba un mosaico de distintas identidades marcadas, principalmente, por la religión. Mientras las norteñas Eslovenia y Croacia profesaban la fe católica, en Serbia, Macedonia y Montenegro predominaba la Iglesia Ortodoxa. El caso de Bosnia, en cambio, siempre fue bastante particular, al poseer una mayoría musulmana -herencia de su pasado bajo dominio otomano- mezclada con minorías cristianas.

Ante un panorama tan diverso, cabe formularse una pregunta lógica: ¿cómo fue posible? ¿Cómo fue viable que un Estado conformado por tantas identidades y nacionalidades, creado a partir de la unión de diferentes etnias, sobreviviera tanto tiempo? La realidad es que los conflictos y las tensiones entre las distintas naciones siempre existieron, pero fueron la astucia y el carisma de Tito lo que contribuyó a apaciguar las aguas y lograr una comunión momentánea. La Yugoslavia del mariscal se regía bajo un comunismo especial, diferenciado del soviético por ser menos extremista, ya que, si bien reprimía la propiedad y exhibía otras características típicas de estos sistemas, también tenía tintes más liberales en algunos aspectos económicos o de descentralización. Esta particularidad le costó al gigante balcánico su expulsión de la Kominform (Oficina de Información Comunista) y propulsó su integración en el Movimiento de Países No Alineados, lo que situó a los yugoslavos en una zona intermedia entre las potencias que libraban la Guerra Fría y las ideologías en debate.

Josip Broz Tito, principal ideólogo y presidente vitalicia de la Yugoslavia comunista.

Muerto el líder, se acabó la paz

La muerte de Tito supuso también el principio de la agonía de su querida Yugoslavia, que tras quedar huérfana se vio sumida en una profunda crisis institucional e identitaria. El símbolo de la unión había desaparecido, y junto a él, la hermandad de los ‘eslavos del sur’. Pero el deceso del padre de la criatura no fue el único detonante. Se instauró un sistema de presidencia colectiva y rotativa, integrado por un representante de cada una de las repúblicas, que no hizo más que profundizar los distintos intereses y el enfrentamiento entre naciones, sobre todo por parte de Serbia que, con Milošević a la cabeza, buscaba imponer su dominio en todo el territorio.

Por otra parte, una aguda depresión económica en la región, sumada a un comunismo que se empezaba a tambalear a escala global, jugaron su papel en el resquebrajamiento de los cimientos yugoslavos. Frente a este hecho, las repúblicas más desarrolladas económicamente como Croacia y Eslovenia -esta última representando el 20% del PIB del Estado y el sector más industrializado– comenzaron a reclamar mayor autonomía, e incluso llegaron a celebrar referéndums soberanistas. El punto de inflexión finalmente se produjo el 25 de junio de 1991, cuando tanto Eslovenia como Croacia declararon su independencia, dando inicio a un efecto dominó de secesiones y, con ello, a una de las más largas y sangrientas guerras de los Balcanes.

Vukovar, ciudad croata que fue destruída durante la guerra, registrando uno de los episodios más salvajes del conflicto.

La guerra en Eslovenia fue breve y no duró más de diez días, esto se debió a dos motivos fundamentales. En primer lugar, gracias a la buena organización y a la dedicación con la que los eslovenos prepararon el camino para su independencia, lo que les permitió defenderla debidamente desde el principio. Y en segundo lugar, porque no contaba con minorías serbias. Con lo cual, el Ejército Federal Yugoslavo, apoyado y patrocinado por Milošević, decidió desistir pronto para enfocarse plenamente en otras zonas donde sí se encontraban. Tal fue el caso de Bosnia, donde se registraron los episodios más violentos y prolongados de la guerra, a raíz de la intrincada composición multiétnica de la población del territorio, en el que convivían bosníacos (musulmanes), serbobosnios (ortodoxos) y bosnio-croatas (católicos).

Bosnia, el fiel reflejo de Yugoslavia en el presente

Aunque a todos los efectos, la heredera y sucesora legal del antiguo Estado yugoslavo es Serbia, que además ostentaba en Belgrado la capitalidad y sede del poder político, en la actualidad es Bosnia y Herzegovina quien encarna la viva imagen de su predecesor, ya sea por inestabilidad o por problemas internos. El tratado de Dayton, firmado en 1995, supuso una relajación de las tensiones al colocar punto final a los conflictos armados, pero quedó muy lejos de zanjar el asunto por completo. Con su firma, Bosnia se convirtió en una confederación compuesta por dos entidades subestatales autónomas que funcionan prácticamente por separado: la República Srpska, entidad integrada por la población serbo-bosnia; y la Federación de Bosnia-Herzegovina, constituida por cantones bosnio-croatas y bosníacos.

División administrativa de Bosnia y Herzegovina tras el acuerdo de Dayton. (AFP)

De esta manera, el poder del gobierno estatal queda limitado únicamente a las competencias de defensa y relaciones exteriores. Este se organiza por medio de una jefatura de Estado compartida -otra reminiscencia de la vieja Yugoslavia- entre tres presidentes: uno bosníaco, otro croata, y un tercero, elegido por la República de Srpska, representando al grupo serbio. Para todo lo demás, las dos autonomías dictan sus propias normas y se manejan por separado, bajo un clima de permanente tensión que amenaza con prender la mecha de la discordia en cualquier momento. Es así que, mientras bosníacos y croatas hacen malabares para poder convivir dentro de un mismo territorio, en la República Srpska se sienten totalmente serbios, viendo su situación reflejada en el espejo de Crimea y aspirando al mismo destino.

Por si fuese poco, hace no muchos días era muy comentada la aparición de un misterioso y dramático paper -no está confirmada su existencia- que el primer ministro esloveno, Janez Janša, habría enviado al Consejo Europeo, en el que se proponía la desintegración de Bosnia y Herzegovina, anexando sus cantones croatas a Croacia, la República Srpska a Serbia, y la fundación de un nuevo Estado exclusivo para los bosníacos. El hecho generó tal malestar, que el Alto Representante de la Unión Europea de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, se pronunció en favor de la soberanía Bosnia. Asimismo, desde Liubliana, desmintieron las conjeturas y se desmarcaron de una problemática innecesaria que, analizado fríamente, en nada beneficiaría al país alpino.

Dos mundos opuestos en una misma región

El contraste entre las distintas realidades de la península balcánica sigue siendo colosal: mientras países como Eslovenia o Croacia han conseguido prosperar tras su independencia, obteniendo buenos niveles de modernización y calidad de vida; otros como Serbia, Bosnia, Montenegro o Macedonia del Norte -rebautizada recientemente luego de una larga disputa nominal con Grecia– viven sumidos en la inestabilidad, el estancamiento y el descontento social.

Liubliana, capital de Eslovenia, una de las ciudades con mejor desarrollo humano y urbanístico de los países de la ex Yugoslavia.

Así pues, se hace notoria una brecha entre repúblicas. Eslovenia creció a una velocidad vertiginosa: para 2004 ya se había adherido a la Unión Europea como miembro de pleno derecho, y en de enero de 2007 ya utilizaba el Euro como moneda oficial. Le sigue Croacia que, aunque de forma más pausada, también dio grandes pasos incorporándose a la UE en 2013 y planificando el ingreso a la Eurozona en un plazo no mayor a cinco años. A la cola van todos los restantes. Serbia se vio obligada a negociar una serie de créditos con el FMI para solventar una profunda crisis que había dejado al país al borde de la bancarrota hacia el año 2009, lo que supuso la implementación de políticas poco atractivas -que incluyeron recortes en las jubilaciones y la salud- y un gran índice de desempleo. Además, enfrenta el caso sin resolver de Kosovo -última nación en declararse independiente y que goza de reconocimiento limitado- que imposibilita cualquier anhelo de integración a la Unión Europea.

Con sus luces y sombras: los Balcanes conforman la más dispar de las regiones europeas. Están separados por escasos kilómetros geográficos, pero por un abismo en materia de desarrollo, infraestructura y sustentabilidad. Para colmo, deben lidiar con el fantasma de su pasado, contra una herida todavía abierta que no logra cicatrizar y de la que, de vez en cuando, todavía brota sangre.

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