EL ÁRTICO, LA ÚLTIMA ENCRUCIJADA GEOPOLÍTICA

La cuestión del Ártico copa cada vez más espacio en las agendas geoestratégicas mundiales. El deshielo de los casquetes polares, fruto del cambio climático, es una amenaza para el planeta, pero también una ocasión de fotalecerse para muchos países en su carrera geopolítica. 

El efecto del calentamiento global en el Ártico proyecta un escenario geopolítico de una magnitud difícil de medir aún ahora. La región ha perdido entre el 30-40% de su capa de hielo en las últimas décadas. En clave geoeconómica representa una ocasión para muchas naciones, sin embargo, desde la perspectiva medioambiental significa una amenaza sin precedentes. Su deshielo abre la posibilidad de nuevas rutas comerciales que puedan rebajar en tiempo a la clásica vía marítima del Indo-Pacífico, que cruza el estrecho de Malaca y el Canal de Suez; asimismo, da la oportunidad de explotar la variedad y cantidad de recursos naturales que el Ártico acopia. A estos factores se le suman la repercusión medioambiental y el marco de la seguridad, dimensiones que pueden dejar patente el orden de prioridades de la corte internacional. Para todos los implicados, el devenir del Círculo Polar representa una cuestión política. Sin embargo, dentro de las naciones geográficamente ligadas a este espacio no todas ostentan una identidad ártica; Rusia y Canadá asumen más por historia y extensión esta condición, un factor no baladí para resoluciones futuras.

Concentración de hielo marino en el Ártico el 15 de septiembre de 2020, el día de la extensión más pequeña del año, en comparación con la extensión media (línea dorada) alcanzada en esta fecha en septiembre de 1981 a 2010. (Gráfico: NOAA)

No obstante, en cuestiones relacionadas con el espacio ártico siempre ha prevalecido el consenso. El grupo conocido como Arctic 5 – Rusia, Estados Unidos, Noruega, Canadá y Dinamarca (por Groenlandia) –, se ha acogido a una legislación que beneficia la posición de todas ellas. Aun si existen litigios entre los países ribereños por controversias de soberanía, a escala regional prima cierto alineamiento entre ellos que les garantiza la preferencia en sus intereses comunes respecto al resto de naciones. Esta condición les ha llevado a acatar una base jurídica que se decante a su favor a pesar de no ser un marco regulatorio bien definido y unánime. La legislación en el Ártico se rige por el Convenio de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS), sin embargo, esta regulación no está exenta de contradicción y polémica, ya que no todas las naciones ribereñas han aceptado formalmente esta hoja de ruta legal: Estados Unidos es el único de los cinco que no ha firmado este marco jurídico, sin embargo se remite a éste en los momentos de necesidad. Una postura que debilita su incidencia en la zona y limita sus reclamaciones, que abogan por la libre circulación.

La regulación del Círculo Polar está recogida en la Convención de las Naciones Unidas sobre Derecho del Mar (UNCLOS), que desglosa en categorías las zonas marítimas: [1] área marítima sujeta a la soberanía del Estado ribereño, bajo el que tiene acceso exclusivo y jurisdicción ilimitada (aguas interiores, aguas a partir de archipiélagos y mar territorial hasta las 12 millas náuticas); [2] zonas marítimas en las cuales se mantiene una jurisdicción funcional aun si no forman parte de territorio del Estado ribereño; [3] áreas sin jurisdicción del Estado ribereño (alta mar y fondo marino). 

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Delimitación de los espacios marítimos dentro de la Zona Económica Exclusiva. (Wikipedia)

La controversias por la soberanía territorial surgen a partir de la extensión de la plataforma continental, que da a las naciones la posibilidad de ampliar su Zona Económica Exclusiva. Dicho esto, el límite exterior de la continuación submarina –plataforma continental – no pude excederse de las 350 millas marinas o las 100 a partir de la isobata de 2.500 metros. 

RUTAS ÁRTICAS

Uno de los grandes valores del espacio ártico es la posibilidad de convertirse rutas marítimas entre continentes entre los océanos Pacífico y Atlántico. Dicho esto, existen tres vías potenciales, cada una con sus condiciones y su proyección. La ruta del noreste es la más factible actualmente. Es aquella que bordea el Ártico ruso. Este corredor marítimo recorta en torno a un 40% la distancia en comparación a la travesía clásica que pasa por el Estrecho de Malaca y el Canal de Suez, lo que se traduce en aproximadamente unos 12-15 días menos de navegación. No obstante, hay que considerar que las características climáticas y logísticas de la zona reducen esta ventaja y aumentan los riesgos. En el verano de 2017 un buque realizó la ruta Corea del Sur-Noruega en 19 días, y fue el primero sin requerir la asistencia de rompehielos; meses más tarde otra embarcación logró efectuar el viaje Corea del Sur-Sabetta (Rusia), siendo el primero en hacerlo en pleno invierno.

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[Fuente: Wikipedia]

Otro es el corredor del Noroeste, que conecta Rusia con el continente americano, enlazando los estrechos de Bering (océano Pacífico) y de Davis (océano Atlántico). El carguero Nordic Orion en 2013, acompañado de un rompehielos, fue la primera embarcación comercial en realizar esta travesía con éxito. Se ahorró siete días de viaje en comparación a la vía a través del Canal de Panamá, con un ahorro en combustible estimado de 80.000 dólares.

La armada rusa es quien cuenta con un mayor número de rompehielos, incluso de propulsión nuclear como el Yamal en la foto. (Wikipedia)

La tercera vía es la Ruta Central. Este escenario se contempla en el caso hipotético de que el Ártico se deshiele en su totalidad y el Polo Norte se pueda navegar desde su punto más septentrional. Si este corredor fuera en algún momento accesible, sería la senda más corta de las tres, sin embargo, en la actualidad es inviable.

RECURSOS NATURALES

Otro factor del Ártico que atrae el interés de una constelación de países es su riqueza geológica. Además de poseer el 30% de las reservas de gas mundiales y el 22% de petróleo, también acopia grandes montos de paladio (40%), diamantes (26%), platino (15%), cobalto (11%) o cinc (8%). A ello, hay que sumarle su valor como fuente alimenticia.

Sin embargo, la cantidad de recursos de los que dispone el Ártico no garantiza su rentabilidad: las condiciones climáticas y la escasa infraestructura disponible condicionan la rentabilidad de convertir esta región en una nueva fuente de recursos naturales. Por el momento, la asociación entre Rusia y China ha demostrado una limitada viabilidad que ha deparado en el desarrollo de una infraestructura imponente desde la Península de Yamal con el proyecto Power of Siberia (Poder de Siberia)

Mapa del océano ártico con las tres rutas comerciales en relación a la branquias de hielo.

En cuanto a la circulación del Ártico, la infraestructura está en desarrollo, especialmente por el aliciente que supone en materia militar y económica para potencias como Rusia o China. Sin embargo, sigue mostrando carencias. Cuestiones como el calado y la necesidad de rompehielos en muchos tramos ponen de manifiesto las dificultades inherentes que conlleva esta región. Cabe recordar que incluso con los avances tecnológicos y atendiendo a condiciones favorables de la climatología, la travesía es factible entre julio y noviembre en los tramos en los que el hielo es reciente y, por tanto, de menor grosor. Dicho esto, se estima que la demanda de rompehielos va a ir decreciendo. No obstante, el despliegue de este tipo de buques hasta la fecha puede servir como medidor de implicación y presencia de cada nación en el espacio ártico: Rusia posee en torno a cuarenta buques de estas características – incluyendo nucleares – , mientras que Estados Unidos dispone de dos. 

UN TABLERO GEOPOLÍTICO

El Círculo Polar engloba múltiples escenarios, acorde a la escala de intereses que suscita. Se trata de un tablero multidimensional en el que confluyen oportunidades económicas capaces de decantar el futuro geopolítico. Esta coyuntura abarca no sólo naciones árticas, sino a países que ven en este espacio la ocasión de fortalecer su posición global: desde naciones asiáticas como China o Japón que dispondrían de corredores comerciales alternativos, a Estados europeos que pueden encontrar en el subsuelo noruego una nueva fuente de recursos energéticos que rebaje su dependencia de Rusia.

Reclamaciones territoriales en el Ártico. (The Economist)

Rusia

Es la nación más inherente al Ártico. Su historia y extensión le han dotado de una conciencia ártica que han utilizado como fuerza legitimadora. 

En plano económico, el 20% del PIB del país eslavo procede de esta región. De ahí que Vladimir Putin proclamara que este área como «una concentración de prácticamente todos los aspectos de la seguridad nacional: militar, política, económico, tecnológico, medioambiental y de recursos». La potencia eurasiática posee en su territorio cuarenta y tres campos de gas y petróleo de los sesenta y uno que se han contabilizado en el espacio ártico.

Del mismo modo que son conocedores del potencial económico por la ruta del Noreste y de los recursos que alberga, un Ártico transitable les exige reformular su proyección estratégica en este espacio. Es por ello que en 2014, el Kremlin creó el Mando Estratégico Conjunto ruso para el Ártico. El contexto ártico del presente y el futuro representa una vulnerabilidad defensiva para Rusia. A pesar de los beneficios que el Círculo Polar puede proporcionarle, las condiciones actuales también suponen una amenaza a la profundidad defensiva de Rusia, más si cabe cuando el actor más incisivo en el Polo Norte es China.

China

La potencia asiática no es Estado ártico, pero sus intereses en la región son de una magnitud que sobrepasa cuestiones geográficas. Queda reflejado en sus cifras, ya que el 46% del PIB chino procede del comercio marítimo, lo que se traduce en una mayúscula dependencia geoestratégica del estrecho de Malaca y la zona de influencia del Mar del Sur de China. Como actor global, la República Popular no se puede permitir tales debilidades, lo que le ha llevado a depositar una esperanza estratégica en el potencial multidimensional del Ártico. Una visión que converge con su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda. Es así que, en clave geopolítica, cobra enorme peso la relación sino-rusa, dado que Asia Central y Ártico son puentes comerciales que pueden impulsar a Pekín a liderar un orden multipolar.

A esto hay que sumarle la condición fisiocrática del Ártico, de la que China sería su gran beneficiario por cuantía y diversificación, y cuyas infraestructuras logísitcas son acoplables. Así ha quedado patente con el anuncio de la Nueva Ruta de la Seda Polar

Estados Unidos

La presencia de Estados Unidos en el Polo Norte es limitada. El país norteamericano es consciente de la incidencia estratégica que puede llegar a atesorar el Ártico, sin embargo, aún con la potestad que le otorga Alaska, Washington no la concibe como una zona en la que deba sumar presencia; incluso al valorar el riesgo del rearme ruso o de la presencia china. Estados Unidos posee la tecnología para hacer valer su profundidad global en caso de que sea necesario, eso le vasta para no precipitarse a políticas asertivas que puedan escalonar y convertir esta zona en un nuevo foco de tensión.

Conclusión

El Ártico ha entrado en las dinámicas de la globalización. Su deshielo ha abierto el Círculo Polar al mundo y lo proyecta como un enclave geoestratégico de primer orden. Ante tales condiciones, este espacio no va a ponderarse únicamente bajo parámetros regionales; el deshielo del Círculo Polar ha internacionalizado la zona por su potencial, y hoy es un área que concierne a actores geográficamente externos al Ártico. La convergencia entre países árticos y aquellos externos con grandes intereses en la zona marcarán las políticas del futuro respecto al Ártico. 

No obstante, el espacio ártico guarda divergencias en múltiples dimensiones. La ya mencionada ausencia de un marco legal que clarifique soberanías, la incidencia asimétrica de naciones ribereñas y no ribereñas, la posibilidad de corredores comerciales que mejoren a los vigentes, y las expectativas de nuevas fuentes de recursos naturales convierten al Ártico en una ventana de oportunidad y en un incipiente foco de tensión. 
El futuro del Ártico conducirá al dilema por priorizar entre la preservación medioambiental y los beneficios económicos. Cualquier desarrollo logístico y proyección económica en esta región debe alcanzar una sinergia con la conservación medioambiental y, en el caso de países como Rusia o Noruega, también con el marco de seguridad. La aparición de un enclave de tal repercusión estratégica entraña la complejidad de ponderar todos los intereses contrapuestos en juego, más aun ante la posibilidad de suponer un cambio en la línea de flotación geopolítica mundial.

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