AMÉRICA LATINA, SUEÑO O REALIDAD

La crisis sanitaria internacional ha servido para visibilizar el grado de integración regional en Europa. Aunque nunca faltan sectores que reivindican la recuperación de la soberanía estatal plena o que protestan contra el establishment de Bruselas, lo cierto es que no parece que el Covid-19 vaya a producir una fragmentación del proyecto europeo. De hecho, desde el aumento de la tasa de infectados en marzo de 2020, la Unión ha dado muestras de una alta capacidad para coordinar políticas de movilidad, de salud, de investigación científica y de asistencia económica a los países miembros más necesitados. Mientras tanto, en América Latina, el panorama de los organismos regionales es muy distinto. De hecho, el Covid-19 ha vuelto a poner en discusión el modo de interacción de los Estados latinoamericanos y sus proyectos de integración.


Con la emergencia sanitaria, el reflejo inicial de los gobiernos latinoamericanos ha sido girar sobre sí mismos y acentuar el celo soberano de cada Estado, viendo en los intercambios con el vecino y con el exterior el origen de la actual crisis sanitaria. Ahora bien, ¿esta actitud es nueva en América Latina? Si uno estudia superficialmente la historia de la región, se podría argumentar que sí, que desde la década de 1990 los intentos por fomentar la integración económica y los lazos de hermandad de la “Patria Grande” están ahí. Por otro lado, una mirada más analítica podría llegar a otra conclusión: detrás del velo culturalista y de los grandes gestos fraternales, en términos geopolíticos, América Latina no existe.

La historia común hispana, la lengua, la religión y las simpatías mutuas pueden ser engañosas a la hora de construir proyectos de integración (Malamud, 2011). Pertenecer a la misma familia no necesariamente significa trabajar bien juntos. No hay más que mirar la historia del exitoso experimento de fusión plurinacional que es la Unión Europea para extraer algunas lecciones. Fundamentalmente, para que el proyecto regional evolucione a formas cada vez más perfectas, es necesaria la existencia de ciertos intereses y amenazas en común. Europa misma no se hizo en un día y, menos aún, por motivos de altruismo o fraternidad. La presión estadounidense por el Mercado Común, el peligro soviético, la reconstrucción del continente tras la guerra y la pérdida de las colonias de ultramar, fueron los factores que llevaron a ciertos políticos europeos a dar los primeros pasos en el camino hacia la integración. Como lo anticiparon Jean Monnet y Robert Schuman, la Comunidad Europea fue lograda gradualmente, mediante la búsqueda de proyectos comunes, el incremento de los intercambios y la adopción de medidas parciales, que provocaban un efecto derrame hacia nuevas propuestas (Malamud & Schmitter, 2006). En otras palabras, lo que pesó fue el cálculo utilitario de los actores y el funcionalismo de las medidas adoptadas, y no el compromiso dramático o épico con un nuevo orden.

Muy diferentes han sido los proyectos de construcción de la “Patria Grande” latinoamericana. Desde la propia época del inicio de la independencia de los estados latinoamericanos, pasando por las tentativas de integración del siglo XX, hasta los experimentos institucionales más recientes; algunos líderes latinoamericanos han proclamado a sus pares y a la ciudadanía los beneficios de la unidad regional. Aunque no faltan razones estructurales que expliquen el fracaso de los proyectos unitarios, el motivo más obvio ha sido la mala praxis, el desinterés y la persistencia de narrativas nacionalistas. De hecho, el caso europeo demuestra que la integración significa ceder cuotas de soberanía, lo cual está en las antípodas de cualquier proyecto que ponga a la nación como principio ordenador del bienestar y de la seguridad de la sociedad. Desde la creación de la ALALC, en 1960, hasta UNASUR, en 2004, la mayoría de los líderes regionales (de ayer y de hoy) no han demostrado una voluntad genuina por integrar sus economías nacionales en un espacio regional, o por recortar las atribuciones de los Estados y arriesgarse a modificar el status quo.

Representación gráfica de la idea de “Patria Grande”.

En América Latina, una combinación seductora de nacionalismo popular y proteccionismo económico ha retenido su legitimidad a ojos del gran público de ciertos países claves y aún significa un poderoso elemento discursivo en un continente caracterizado por la inequidad y las dificultades para el desarrollo. La gran paradoja latinoamericana es que los gobiernos más proteccionistas han sido los que más frecuente e intensamente han agitado las banderas de la “Patria Grande” (Bolívar Espinoza & Cuéllar Saavedra, 2007). Una parte de la explicación para tal contradicción reside en la historia política de la región. El curso de la Guerra Fría en América Latina ha puesto la unidad latinoamericana, como estrategia para contrarrestar la injerencia estadounidense, y el nacionalismo aduanero, como medida para proteger la industria local y los sectores asalariados, en el mismo plano discursivo de los gobiernos de matriz popular y anti-imperialista. Este proteccionismo económico está más marcado en Argentina y Brasil, países con un entramado industrial poco competitivo a nivel internacional, pero que absorbe una buena parte de la mano de obra sindicalizada. Debido a los riesgos que conllevan la integración y la inserción global para dichos sectores industriales, la reticencia de parte de los dos Estados que, por peso demográfico y geográfico, deberían liderar los proyectos conjuntos, ha reducido la relevancia de Mercosur a nivel regional e internacional.

De este modo, el proyecto de la integración ha estado condicionado por su contradicción sustantiva con el nacionalismo económico y una matriz estado-céntrica. Como resultado, recientemente, los gobiernos latinoamericanos de la Marea Rosa han preferido una sobreactuación de la integración regional en clave cultural y política, poniendo el acento sobre las simpatías mutuas ideológicas, pero sin hacer progresar en términos realistas los vínculos económicos y las instituciones regionales. En cuanto a los gobiernos liberales o conservadores, la necesidad de distanciarse de la teatralidad del nacionalismo-popular los ha llevado a la orilla opuesta; privilegiando los intercambios bilaterales, la liberalización del comercio y la movilidad de capitales. Aunque estas medidas ortodoxas han atentado contra un proyecto de integración plena, sus defensores sostienen que se han basado sobre premisas más realistas de la situación de América Latina en el mercado mundial. Como fuese, los Estados latinoamericanos no han creado instituciones supranacionales autosuficientes que pudiesen avanzar hacia la integración, sino que todo el poder decisorio ha quedado en manos de los presidentes, generalmente poco dispuestos a resignar cuotas de soberanía nacional y defraudar sus electorados.

Cumbre de los miembros de UNASUR en 2018. (El País)

La otra parte de la explicación sobre las dificultades de la integración es más bien estructural. Observando la geopolítica y la geoeconomía de América Latina, lo cierto es que, a diferencia de Europa, donde el eje franco-alemán hizo de imán para el proyecto comunitario; entre los Estados latinoamericanos, ningún país o binomio de países ha estado, ni está, en condiciones de articular la integración y de atraer a los demás a un proyecto común de liberalización regional. Las repúblicas latinoamericanas dependen más de las metrópolis de facto en el exterior que de sus vecinos, como fue Gran Bretaña en el siglo XIX, Estados Unidos en el siglo XX y, probablemente, lo será China en el siglo XXI. A modo de ejemplo, Chile, con una economía basada en un sector agroindustrial altamente tecnificado y con una amplia economía de servicios; ha buscado acuerdos de comercio bilaterales hacia afuera, en lugar de atarse a la dudosa suerte de los proyectos de integración regional. A su vez, la Argentina del siglo XXI ha encontrado, en la idea del Sur Global, una narrativa perfecta para redoblar las arengas simbólicas de la “Patria Grande”, al tiempo que profundiza los vínculos comerciales con China y que relegaba Mercosur. La realidad del comercio internacional atrae a los Estados latinoamericanos hacia el exterior. No solo dependen poco entre ellos, sino que además la geografía los aleja: los centros de población en América Latina están absolutamente distanciados unos de otros y las comunicaciones son poco fluidas, haciendo muy improbable la sensación de comunidad de intereses (Malamud & Scholvin, 2014). El trayecto por tierra entre Buenos Aires y Río de Janeiro es prácticamente igual al que hay entre Bruselas y Moscú, mientras que entre Santiago y Lima existe la misma distancia que entre París y Ankara.

Hasta que los estados latinoamericanos no hagan un análisis realista de sus objetivos estratégicos y no se tomen en serio el camino de la modernización y la aceptación de las condiciones económicas de la globalización, la integración regional continuará siendo una empresa infecunda. Siguiendo el ejemplo europeo, encontrar los intereses en común concretos y favorecer la circulación de personas, bienes y servicios puede ser el primer paso para visibilizar los beneficios de la integración. Pragmatismo y funcionalismo por sobre el romanticismo de la “Patria Grande”. Además, mal que pese a aquellos que ven en los efectos del coronavirus un castigo providencial contra la globalización, las campañas de vacunación exitosas en las Américas y en Europa han demostrado lo contrario. Problemas globales tienen soluciones globales y los Estados modernos no atentan contra la cooperación, sino que las promueven y colaboran con ellas. La nostalgia voluntarista por una unidad latinoamericana que nunca fue y los vínculos selectivos, basados en preferencias ideológicas, no pueden ser más que un lastre en un mundo en transición que se dirige hacia una nueva fase en la larga historia de la globalización.


Referencias:

Bolívar Espinoza, G. A. & Cuéllar Saavedra, Ó., 2007. Hacia la idea de la “Patria Grande”. Un ensayo para el análisis de las representaciones políticas. Polis. Revista Latinoamericana, Volumen 18, pp. 1-21.

Malamud, A., 2011. Conceptos, teorías y debates sobre la integración regional. Norteamérica, 6(2), pp. 219-249.

Malamud, A. & Schmitter, P., 2006. La experiencia de integración europea y el potencial de integración del Mercosur. Desarrollo Económico – Revista de Ciencias Sociales, 46(181), pp. 3-31.

Malamud, A. & Scholvin, S., 2014. Is there a Geoeconomic Node in South America? Geography, Politics and Brazil’s Role in Regional Economic Integration. Working Papers ICS, pp. 1-46.

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