Hace un año, miles de cubanos tomaron las calles para protestar por la difícil situación económica y social que se estaba viviendo en la isla. Fue un momento histórico en un país como Cuba, en el que las manifestaciones no tienen cabida. Un año después, la carestía continúa en un país al que las sanciones internacionales promulgadas especialmente desde Estados Unidos, han lastrado su desarrollo económico. 


En dichas protestas, cientos de ciudadanos fueron encarcelados, y algunos desaparecidos. Una ola de solidaridad con el pueblo cubano se extendió a lo largo y ancho del planeta que reclamaba derechos, libertad, cambio. Muchos imaginaron que, a pesar de la violencia, las protestas del 11 de julio marcarían el principio de una nueva era, de una renovación política y social en Cuba. La realidad, un año después, hace pensar que ese sueño no era más que una quimera. La comunidad internacional pronto se olvidó de Cuba y los cubanos, que día a día se enfrentan a una realidad cada vez más difícil.

CUANDO LA ECONOMÍA FALLA

La situación económica de Cuba comenzó a empeorar a partir del 2019. Fue en septiembre de ese año cuando la falta de petróleo paralizó al país durante más de dos semanas. Con la subida de los precios, los cortes periódicos de luz y agua, y el incremento del desabastecimiento de productos básicos, volvió también el miedo a una nueva época de escasez, cuando nadie se había olvidado aún del tan temido período especial de los 90, uno de los momentos más tristes de la historia de Cuba. Hoy, la economía cubana se ha ido a pique, con un decrecimiento del PIB del 10,9% en 2020 respecto al año anterior, y esa época oscura es de nuevo una realidad.

En Cuba, los efectos pandémicos están siendo devastadores, aumentando drásticamente la carestía de la población (EPA)

Uno de los motivos que han llevado a esta situación es la escasez de divisas extranjeras. Cuando el gobierno cubano se quedó sin dólares o euros, acuñó la “moneda libremente convertible”, o MLC, en un intento de recaudar el dinero proveniente de las remesas. Las personas con familia en el extranjero podían así recibir dinero en una tarjeta, con la que podían comprar productos exclusivos en tiendas selectas. Sin embargo, no les estaba permitido sacar dólares o euros del cajero, ya que no había suficiente. Esta medida no sólo exacerbó la desigualdad de clases entre aquellos con familia en el extranjero y el resto, sino que no fue suficiente para mejorar la situación económica del país. Se propuso por tanto que se pudiera pagar con MLC en todas las tiendas. La primera consecuencia fue un rápido incremento de los precios, que provocó que una gran parte de la población no tuviera acceso a los productos más básicos. Otra consecuencia fue la aparición de un mercado negro, porque ya solo tenían acceso a las tiendas de comida aquellos que tuvieran MLC, mientras que los que tenían peso cubano se vieron forzados a buscar una alternativa. 

Sin embargo, la subida de los precios no es el único problema al que se enfrentan los cubanos. Incluso aquellos que tienen suficiente dinero se encuentran con que no tienen nada que comprar, pues la isla está teniendo grandes problemas para abastecerse tanto de comida como de otros productos de necesidad básica. En las tiendas se forman colas infinitas de personas que intentan hacerse con los pocos productos que aparecen en sus baldas, pero con poco éxito. El desabastecimiento se ha disparado en los últimos años, lo que obliga a los cubanos a mantenerse con la ración mensual aportada por el gobierno, que es cada día más exigua, incluyendo poco más de un kilogramo de pollo por persona al mes. 

Tampoco tienen los cubanos acceso a medicamentos. Tras una visita a un centro médico, la mayoría vuelve a casa con un diagnóstico, pero sin posibilidad alguna de acceder al tratamiento. Las pocas medicinas que llegan a Cuba se revenden en el mercado negro a precios astronómicos, mientras que la industria nacional apenas puede producir por falta de materiales que necesariamente tienen que provenir del extranjero. La falta de suministros médicos no es un problema nuevo, pero se ha agravado con la reducción del comercio internacional provocado por la pandemia de COVID-19 y la disrupción de las cadenas de suministro globales. 

LA POBLACIÓN SE RESIENTE

Una situación económica difícil siempre conlleva un incremento de la tensión social y política, y Cuba no es la excepción. La máxima expresión del descontento de la población se dio durante las protestas del 11 de julio. La violenta represión del gobierno consiguió acallar el malestar social, y desde entonces no ha vuelto a haber manifestaciones. Sin embargo, esta apatía no debe confundirse con aceptación o resignación. La población está resentida, y el descontento se percibe de otras maneras. 

Una de las más evidentes es el éxodo que está teniendo lugar. Solo en estos primeros seis meses de 2022, más de 150.000 personas se han marchado del país. El último caso mediático fue el de dos miembros del equipo nacional de béisbol, que se fugaron mientras participaban en un campeonato en México. A diferencia de lo que ocurría hace unos años, ya no se van solo los jóvenes, sino que todo el que puede parte en busca de mejores oportunidades en el extranjero. La mayoría intenta llegar a Estados Unidos. Antes de que Nicaragua empezara a exigir visado a los ciudadanos cubanos, viajaban hasta Managua y continuaban a pie, uniéndose a la caravana de migrantes que emigra hacia el norte, a través de México.  Es un camino extremadamente peligroso, y con pocas posibilidades de éxito. Ahora se decantan por Guyana, que aún no pide visado. Según cifras de ACNUR, el número de solicitudes de asilo en el 2021 fueron más del doble que cinco años antes. El 84% de ellas tuvieron lugar en cinco naciones: Estados Unidos, México, Uruguay, Costa Rica y España.

El empeoramiento de las condiciones de vida en el país está causando un aumento notable del éxodo de personas hacia países como Estados Unidos, México o España (AFP)

Pero lo que mejor explica esta aparente tranquilidad es el incremento de la represión por parte del gobierno cubano. Desde el año pasado, hablar de más es más peligroso que nunca. Las voces discordantes son acalladas rápidamente. El gobierno aprobó en mayo de este año una ley que “tipifica como delitos los hechos más graves y lesivos para la sociedad y protege los intereses del Estado y del pueblo», en palabras del Presidente del Tribunal Supremo, Rubén Remigio Ferro. Según explicó él mismo, “se penalizan las violaciones más graves relacionadas con el uso abusivo de los derechos constitucionales, la participación en actividades subversivas y las agresiones a las tecnologías de la información y las comunicaciones». Esta ley provee al gobierno de una base legal para la censura, ya que el “abuso de los derechos y libertades” es lo suficientemente amplio como para incluir muchos delitos, que puede llegar a penarse con años de cárcel. 

Por otra parte, con el fin de la pandemia de COVID-19, que paralizó el turismo internacional, ha vuelto a ser una prioridad del gobierno atraer de nuevo a los viajeros extranjeros. Para los turistas, este es posiblemente el mejor momento para viajar a la isla, ya que tanto el euro como el dólar están más fuertes que nunca en comparación con el peso cubano. Sin embargo, esto genera un gran malestar entre la población, que presencia cómo el gobierno renueva hoteles y otorga un trato preferencial hacia los turistas, mientras retoma los apagones programados, que a veces dejan poblaciones enteras sin luz durante varias horas seguidas, ante la falta de combustible. 

Este malestar también ha dado pie a un incremento de la delincuencia. Cuba, un país que tradicionalmente ha contado con unos niveles de seguridad envidiables, se encuentra ahora con cada vez más casos de asalto y robo, generando aún más miedo y desconfianza entre la población. La Cuba colorida, alegre y vivaracha que siempre fue ya no existe. Es ahora una Cuba triste, gris, y que está viviendo una situación insostenible. 


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