El conflicto bélico entre Ucrania y Rusia ha mostrado una mutación del hasta ahora orden mundial establecido, liderado por Estados Unidos. Es en esta nueva tesitura donde Rusia pretende alcanzar su añorado papel como actor principal y para ello, América Latina y el Caribe es una estrategia prioritaria. Sus intereses económicos y la homogeneidad de sus decisiones como región decidirán el lado de la balanza. 

La conmoción internacional que ha acarreado el conflicto bélico entre Ucrania y Rusia más allá de convicciones morales sobre los ataques premeditados por parte de Rusia hacia la población civil y las instituciones ucranianas, ha evidenciado la imposición de un nuevo orden mundial, que pretende minar la influencia global que hasta ahora han tenido Estados Unidos (EEUU) y, en menor medida la Unión Europea (EU), amparadas por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Este es el mayor anhelo del presidente ruso Vladimir Putin, y para ello, ha reforzado su influencia hacia áreas tradicionalmente ligadas a su mayor enemigo, EEUU. De esta forma, no es de extrañar que el papel de América Latina en la contienda tenga más relevancia del que en apariencia se le da, dado que es un objetivo prioritario de la política exterior rusa.

Partiendo de la premisa de que el interés ruso se enmarca, según los expertos, en diversificar sus relaciones exteriores, contrarrestar el poder de los EEUU y crear un orden internacional multipolar además de que, en ese nuevo orden, Rusia recupere su estatus de actor global, perdido tras el colapso de la URSS. La investigadora del Real Instituto Elcano, Mila Milosevich opina que: “Dentro de esta estrategia internacional, América Latina ocupa un lugar importante por los lazos históricos de la Unión Soviética y sobre todo por la cercanía geográfica con Estados Unidos”. 

Putin ordena a las tropas rusas entrar al territorio del Donbás | DIARIO DE  CUBA
Tropas rusas en la frontera con Ucrania (Agencia EFE)

 

Si Washington pretende ganar presencia en zonas de influencia rusa- véase el caso de Ucrania- aumentará su presencia militar en el Caribe, como ya advirtió el vicecanciller ruso Serguéi Ryabkov sobre el despliegue de fuerzas militares en Cuba, Venezuela y Nicaragua: “No quiero confirmar nada…ni lo descarto”. EEUU junto con la Unión Europea (UE) y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) son los principales escollos para reconstruir la influencia rusa en su hinterland (Georgia, Ucrania y Kazajistán), recobrando su papel como potencia regional y mundial. 

Para ello, ha intensificado su proyección a través de estrategias como la “diplomacia de las vacunas” o con campañas de información/desinformación. Respecto a las vacunas, Rusia se encumbró por haber desarrollado la Sputnik V, eficaz contra el COVID-19, ganándose adeptos a su causa al facilitársela a países latinoamericanos en un momento en el que la UE y EEUU acopiaron la obtención de viales, siendo, finalmente adquirida por Argentina, Bolivia, Honduras, Guatemala, México, Nicaragua, Paraguay y Venezuela. 

Alberto Fernández y Vladimir Putin.
Visita del presidente de Argentina, Alberto Fernández, a Moscú antes del inicio de la guerra (Getty Images)

 

De esta forma, no sólo consolidó el vínculo estratégico que ya mantenía con gobiernos claramente contrarios a EEUU como Cuba, Nicaragua, Venezuela, Bolivia y la Argentina kirchnerista, o con aquellos estados capaces de neutralizar la hegemonía de Washington: Brasil y México, sino que además amplió su influencia. Declaraciones como las del presidente de Argentina, Alberto Fernández en su visita a Moscú en febrero, lo corrobora: “Fue muy importante el apoyo que ustedes le dieron a la Argentina cuando las vacunas escaseaban” “Estuvieron a nuestro lado cuando el resto del mundo no estaba”. 

En cuanto a la estrategia propagandística rusa, Russia Today (RT) en español y la expansión en Internet (Sputnik) son el mecanismo más potente del Kremlin para reforzar su imagen y prestigio. Así, RT ha adaptado sus contenidos a los gustos latinoamericanos para intentar atraer la atención del público regional. Su postura ha sido exitosa, consiguiendo nuevos seguidores, lo que se traduce en un instrumento de relevancia y gran cobertura mediática para socavar la presencia de EEUU y la UE en la región, presentándoles como países corruptos que amparan crímenes de guerra y no respetan los derechos humanos. Por el contrario, muestra una imagen idílica de Rusia, a la vez que la presenta como opción político alternativa, eficiente y con rédito en comparación con la decadencia de las democracias occidentales. 

Mientras tanto, las repercusiones económicas del conflicto bélico están afectando a América Latina, pese a que la región no está significativamente expuesta a Rusia en materia de inversiones y comercio. Como evidencian los datos del Observatorio de Complejidad Económica (OEC, por sus siglas en inglés): “En 2021, Rusia exportó US$11,000 millones a Latinoamérica; no obstante, esta región solo le vendió productos por un valor de US$8,500 millones”. 

Sin embargo, Rusia y Ucrania tienen un rol estratégico como principales abastecedores de energía, fertilizantes y alimentos, lo que acarreará importantes consecuencias económicas que, sin embargo, tendrían un alcance desigual dependiendo del país de la región que se tratase. Como señaló Luciano Codeseira, director de la consultora Gas Energy Latinoamérica: “Los países plenamente importadores de petróleo, combustibles líquidos y gas desde luego serán los más afectados, pero podrán balancear esos costos con mejores precios de commodities que ellos mismos exportan”. 

Ejemplo de ello, lo encontramos en el ámbito agrario, Rusia y Ucrania concentran cerca de un cuarto de las exportaciones mundiales de trigo. Así mismo, ambos son importantes exportadores de aceite de girasol, en competencia con éste y otros aceites vegetales producidos por Argentina y Brasil, países que, por tanto, se beneficiarán de mejores precios. Bajo este mismo argumento, la internacionalista Mayte Dongo Sueiro sostuvo que:

“Los mercados donde no llegan los productos rusos -a Estados Unidos y territorio europeo- suponen una oportunidad para que los latinoamericanos puedan vender sus productos. Es cierto que hay una cuestión de distancia y precios, pero ocurre lo mismo con EEUU queriendo exportar productos a la Unión Europea: al final prefieres tenerlos, aunque sean más caros”. 

Mapa de los recursos estratégicos de Ucrania. Un país clave de exportaciones de recursos que necesita América Latina. (GEOPOL).


Por el contrario, países de la región que necesitan importar grano temen los efectos inflacionarios, como bien expuso el director ejecutivo del Instituto de Investigación y Desarrollo de Comercio Exterior de la Cámara de Comercio de Lima, Carlos Posada: “Si hay menos trigo para todos, va a haber un encarecimiento del precio y tendremos un impacto en la canasta básica”. 

Con todo, se trata de una situación global desfavorecedora, pues como sostiene Gilberto García, economista del Observatorio de Complejidad Económica, incluso aquellos países que exportan petróleo- véase el caso de México- sus beneficios a medio plazo se pueden evaporar, si tenemos en cuenta que cuando sube el crudo en los mercados internacionales se produce un efecto en toda la cadena productiva y eso conlleva a un aumento de los precios finales que compra el consumidor. 

Es por ello que los expertos auguran que la región sufrirá mayores presiones inflacionarias. Una mayor inflación influirá negativamente en la tasa de crecimiento de Latinoamérica que, antes del inicio de la guerra en Ucrania, había sido estimada por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) en un 2,1% para 2022, desde el 6,2% de 2021. Según el vicepresidente senior de la agencia de calificación DBRS Morningstar, Michael Heydt: “Un aumento de las tensiones globales podría conducir potencialmente a la salida de capitales de Latinoamérica, ejerciendo una presión a la baja sobre las monedas locales y aumentando las presiones inflacionarias”. 

Dada esta previsión económica para la región y la notable estrategia exterior desarrollada por Rusia, los países latinoamericanos se encuentran en la encrucijada de ratificar su vinculación a Occidente, entorno político y cultural del que en principio forman parte, o bien apostar por nuevos actores extrarregionales que les ofrecen nuevas oportunidades comerciales y alternativas financieras esenciales para sus intereses. Habrá otros que incluso intenten pescar en ambos bandos. Por el momento, la invasión de Ucrania ha reflejado un rechazo generalizado en América Latina, al menos fue lo que se vislumbró en la votación sobre el conflicto en la Asamblea General de las Naciones Unidas el pasado 2 de marzo. Pese a la abstención de Nicaragua, Cuba, así como El Salvador y Bolivia, Venezuela no participó al estar atrasado en sus pagos al organismo internacional. 

Postura de condena de los países del mundo frente a la agresión rusa en Ucrania. (ABC)

Esta votación daría superficialmente a entender que muchos de los “pesos pesados” de la región como Brasil, México o Argentina, se han posicionado. No obstante, dejando de lado las declaraciones formales, en la práctica no se ha tomado ninguna medida sancionadora contra Rusia. Incluso, en el caso de Colombia, a pesar de la condena hacia el accionar ruso del presidente Iván Duque, no es claro que esta alineación se mantenga. Más aún cuando el próximo 29 de mayo son elecciones presidenciales, y candidatos electorales como el izquierdista Gustavo Petro, quien cuenta con grandes opciones de hacerse con la presidencia, afirmó que Colombia tiene muchos problemas internos como para inmiscuirse de cualquier forma en el conflicto europeo. 

Todo ello evidencia que no existe un criterio definido en América Latina, la cual tiende a no “casarse con nadie” cuando son conflictos que no les atañen directamente. Esta actuación estatal individualista impide que puedan actuar como un ente homogéneo, al menos, entre aquellos países con estructuras de gobierno estables y democráticas, condenándolos a un papel secundario y dependiente de las grandes potencias.


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