A inicios del 2009, a 800 kilómetros sobre la zona siberiana, el satélite estadounidense Iridium 33 (en ese entonces operativo) se estrelló contra el Cosmos 2251 ruso (inactivo más de 10 años). En cuestión de varios segundos, ambos objetos se desintegraron en más de 2.000 fragmentos de chatarra y basura espacial que siguen orbitando la Tierra como proyectiles microscópicos a más de 25.000 km por hora. Lo que podría haber quedado en un simple accidente de gestión de riesgos cósmicos, reveló algo importante: el espacio exterior es una nueva dimensión geopolítica, donde hasta la basura tiene dueño, territorialidad y consecuencias estratégicas.
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La basura espacial es un riesgo geopolítico y estratégico que amenaza tanto la seguridad como la infraestructura tecnológica global.

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