Arabia Saudí e Irán se encuentran sumergidos en una rivalidad no solo geopolítica, sino también simbólica, sobre quién es el verdadero líder del mundo musulmán

Antes de la revolución de 1979, Arabia Saudí e Irán se consideraban pilares para garantizar la estabilidad en Oriente Medio, ya que mantenían una estrecha alianza con Estados Unidos. No obstante, con el derrocamiento del Sha y el establecimiento de un gobierno islámico chiíta en Irán, las relaciones se transformaron en una rivalidad política y religiosa que perjudicó a todo Oriente Medio, al Golfo Pérsico y al mundo musulmán en general. 

La revolución en Irán fue una fuente de inspiración para muchas poblaciones minoritarias chiíes, así como para otros grupos islamistas bajo las monarquías. Asimismo, las declaraciones oficiales y la retórica extraoficial de la recién creada República Islámica fueron una amenaza directa para las fracciones internas de Arabia Saudí, su influencia regional y su legitimidad como custodio de las ciudades sagradas de Medina y La Meca.

Irán busca que Oriente Medio sea una región unida para resistir la dominación imperial, con ella como potencia preeminente, argumentando que su tamaño, su centralidad, sus recursos, su renovación islámica, su desafío a las potencias exteriores y sus avances tecnológicos justifican esta posición. Arabia Saudí imagina una región mucho más flexible en la que el poder de Estados Unidos garantiza la seguridad del Golfo y Arabia Saudí contrarresta el poder de Irán, dados sus propios recursos energéticos y su posición central dentro del Islam como custodio de las ciudades santas de La Meca y Medina.

Las ciudades santas de Medina y La Meca en el nacionalismo saudí

Desde la fundación del Reino de Arabia Saudí en los años 30 del siglo pasado, los saudíes no sólo se consideran predicadores de la forma correcta del islam, sino que también se consideran los custodios de los dos lugares más sagrados del islam: el santuario de la Kaaba en La Meca y la mezquita de Medina. Piensan que, tras la caída del sultanato otomano tras las Primera Guerra Mundial, el estandarte del Islam les ha sido entregado por Allah y que, por ello, tienen una misión especial que cumplir, es decir, difundir el Islam wahabí

En términos nacionalistas, en su subconsciente enmarcan su perspectiva religiosa con el concepto étnico de que son los representantes ejemplares de la raza árabe que fue elegida por Dios para traer el Islam a la tierra a través del Profeta Mahoma y la lengua árabe a través de la cual el Islam se extendió por todo el mundo. En consecuencia, el gobierno saudí y el clero wahabí del país han fusionado ambos conceptos (el religioso y el nacionalista) de una manera muy armoniosa y convincente en la que ambos elementos se entrelazan indistintamente. 

En este contexto, el concepto antes mencionado de que los saudíes son la dinastía y el país legítimos a los que se les ha asignado la tarea divina de llevar el estandarte del islam tras la caída de los otomanos tiene también una connotación étnica, ya que consideran que esta asignación es también resultado de su origen árabe. En particular, lo justifican históricamente como el retorno del estandarte del Islam a sus manos tras siglos de dominio turco otomano.

Cuestiones geopolíticas durante el Hajj

La peregrinación anual del Hajj, considerada uno de los cinco pilares básicos del Islam, ha sido una fuente de tensiones entre ambos países desde la década de 1920, antes del establecimiento oficial del Reino Unido en la península arábica. No obstante, desde la revolución iraní han surgido diversos problemas cada año. Tras la aparición oficial del imán Jomeini como líder de la revolución en 1979, los iraníes y muchos chiíes que asistían a la peregrinación anual del Hajj protagonizaron manifestaciones que en ocasiones desembocaron en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. 

Foto de los fieles rezando en la Meca durante el Hajj de 2019 (Al Jazeera)

En plena guerra entre Irán e Irak, el 31 de julio de 1987, se produjo una riña mortal en la Gran Mezquita entre los manifestantes y las autoridades de seguridad saudíes. Este enfrentamiento provocó la muerte de más de cuatrocientos peregrinos, en su mayoría de nacionalidad iraní, lo que se tradujo en los conflictos de la embajada de Arabia Saudí en Teherán al día siguiente y la muerte de un diplomático saudí. En una serie de acciones recíprocas, Arabia Saudí cortó los lazos con Irán en un intento de restringir a los peregrinos iraníes, lo que llevó a prohibir el Hajj para los iraníes en 1988. 

La tensa situación entre ambos países mencionada anteriormente continuó en las décadas siguientes, hasta el devastador terremoto de junio de 1990 en Irán, cuando Arabia Saudí envió ayuda humanitaria a Rudbar y Manjil. El presidente iraní Rafsanjani aprovechó la apertura de Arabia Saudí y, con la ayuda de la mediación omaní, Irán y Arabia Saudí consiguieron resolver las disputas preliminares. Los ministros de Asuntos Exteriores de Arabia Saudí e Irán firmaron un acuerdo por escrito en Mascate en marzo de 1991, en el que se resolvían las disputas sobre la peregrinación del Hajj y se reanudaban los lazos diplomáticos, poniendo fin a doce años de conflicto.

La reanudación de las relaciones amistosas dio lugar a veinticinco años de peregrinación iraní algo pacífica, así como a un modus vivendi en las relaciones bilaterales. Sin embargo, la tragedia de Mena del 24 de septiembre de 2015 se produjo como consecuencia de una estampida en la peregrinación anual del Hajj, y provocó 769 muertos según los informes saudíes, y 4.700 según las estimaciones iraníes, y más de dos mil según fuentes internacionales.

En respuesta, el ayatolá Jamenei declaró que «la incompetencia de los saudíes y su incapacidad para proporcionar seguridad a los peregrinos en la casa de Dios demostraron en realidad que este gobierno no es capaz de gestionar las dos mezquitas sagradas». Esta dura crítica llevó a Irán a prohibir el Hajj en 2016. Como uno de los cinco pilares del Islam, que se impone a todo musulmán con capacidad económica y física, la exclusión de los peregrinos iraníes provocó una mayor desaprobación pública hacia Arabia Saudí. 

Para evitar una mayor escalada, Arabia Saudí e Irán llegaron a un acuerdo en marzo de 2017 para el regreso de los peregrinos iraníes al Hajj anual en el verano del siguiente año. Lo que está claro es que la peregrinación a las ciudades sagradas de Media y La Meca seguirá siendo una fuente de tensión mientras los gobiernos iraníes y saudíes no rebajen sus disputas, no solo geopolíticas sino también de liderazgo en Oriente Medio.


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