Yemen afronta su escalada militar más grave...

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Yemen afronta su escalada militar más grave...
El fútbol suele presentarse como un territorio ajeno a la política. Así lo sostuvo Lionel Scaloni, seleccionador de la Argentina campeona del mundo, cuando afirmó que el partido entre Argentina e Inglaterra había sido «solo un partido de fútbol». Sin embargo, el encuentro entre Argentina y Argelia permite observar una trama política, diplomática e histórica que desborda los límites del terreno de juego.
En 2026 se cumplieron 62 años del establecimiento de relaciones diplomáticas entre Argentina y Argelia. El vínculo ha estado marcado por el respaldo argelino a la causa de las Malvinas, la cooperación científica y tecnológica y un pasado compartido, poco conocido, cuyos efectos todavía se proyectan sobre el presente.
El 16 de junio de 2026, la selección argentina debutó en la Copa del Mundo con una victoria por 3-0 frente a Argelia en el Arrowhead Stadium de Kansas

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Un mes después de que unas 72.000 personas entraran en Ceuta en apenas cuarenta y ocho horas, la ciudad autónoma sigue sin recuperar su ritmo. Los servicios públicos continúan tensionados, varios miles de migrantes permanecen a la espera de una solución administrativa y las calles llevan semanas de concentraciones, hartazgo y, en los últimos días, episodios de violencia. En este episodio salimos del análisis de despacho y bajamos al terreno: escuchamos a Jaled, ceutí, que pone voz a lo que se vive en los barrios, a la preocupación de una ciudadanía que se siente desbordada y desatendida, y al efecto que todo ello está teniendo sobre el equilibrio de las cuatro culturas que define a Ceuta desde hace generaciones. Un relato en primera persona sobre una ciudad de 85.000 habitantes y 18,5 kilómetros cuadrados que soporta, sola, una frontera de Estado. Con Jaled, vecino de Ceuta, y la dirección de Iago Soler.

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Pocas relaciones internacionales están tan condicionadas por la historia, la geografía y la memoria como la que mantienen España y Marruecos. Durante siglos, ambos países alternaron guerras, acuerdos, ocupaciones y proyectos de expansión a ambos lados del Estrecho. España controló enclaves, administró un protectorado y gobernó territorios que hoy forman parte de Marruecos, mientras que la descolonización del Sáhara Occidental dejó una disputa todavía sin resolver. En la actualidad, comercio, migración, seguridad, Ceuta y Melilla convierten la relación en una asociación indispensable, pero profundamente asimétrica, en la que Rabat utiliza su creciente peso regional para revisar el equilibrio heredado del siglo XX.
La historia de España y Marruecos no puede explicarse como una simple relación entre dos Estados vecinos. Durante siglos, el Estrecho

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Las fronteras de Oriente Medio no fueron trazadas de una sola vez ni obedecieron exclusivamente al acuerdo Sykes-Picot. Surgieron de un proceso en el que confluyeron la desintegración del Imperio otomano, las ambiciones de Francia y Reino Unido, el reparto de recursos estratégicos, la protección de rutas imperiales y los proyectos políticos de las élites locales. Entre 1916 y 1932 se constituyeron Siria, Líbano, Irak, Transjordania y Palestina bajo fórmulas territoriales que rara vez coincidían con las identidades de sus habitantes. Aquellas delimitaciones no hicieron inevitables los conflictos posteriores, pero crearon Estados frágiles, minorías inseguras y disputas territoriales que atravesaron todo el siglo XX.

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La relación entre España y Marruecos constituye uno de los equilibrios más complejos de la política exterior española. Migración, comercio, seguridad, Ceuta y Melilla y, sobre todo, el Sáhara Occidental convierten a Rabat en un socio imprescindible, pero también en una fuente permanente de tensiones. La crisis de Ceuta evidenció hasta qué punto Marruecos puede utilizar diferentes instrumentos de presión para condicionar las decisiones españolas. Al mismo tiempo, el creciente respaldo internacional a Rabat está transformando el equilibrio regional. ¿Hasta dónde puede llegar España para preservar una relación estratégica sin convertir la cooperación con Marruecos en una dependencia política?
Pocos países condicionan tanto la política exterior española como Marruecos. La proximidad geográfica, los intercambios comerciales, la cooperación antiterrorista, los flujos migratorios,

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La Segunda Guerra Mundial también se libró en embajadas, estaciones de radio, laboratorios criptográficos y pisos clandestinos. Antes de que los ejércitos chocaran, las grandes potencias habían heredado servicios desiguales, culturas burocráticas rivales y una confianza excesiva en sus propios secretos. Durante el conflicto, el espionaje dejó de ser un oficio artesanal para convertirse en un sistema industrial que combinaba agentes, interceptaciones, sabotaje y engaño. Británicos, alemanes, soviéticos, estadounidenses y japoneses obtuvieron éxitos notables, pero solo algunos lograron traducir información en ventaja estratégica. La historia de sus espías revela que conocer al enemigo nunca basta: es preciso comprenderlo y conseguir que actúe como uno desea.

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Ceuta ha vuelto a situarse en el centro de una crisis que desborda ampliamente la cuestión migratoria. La llegada masiva de personas desde Marruecos colapsó temporalmente los servicios de la ciudad, obligó a desplegar al Ejército y reabrió el debate sobre la seguridad de las fronteras europeas. La situación vivida sobre el terreno muestra las consecuencias humanas, políticas y estratégicas de un fenómeno especialmente complejo. El papel de Rabat, la instrumentalización de los flujos migratorios y las vulnerabilidades de la relación entre España y Marruecos convierten lo sucedido en una cuestión central para la estabilidad del Mediterráneo occidental.
Ceuta no es únicamente una frontera entre España y Marruecos. También constituye uno de los puntos de contacto más sensibles entre Europa y África, entre dos realidades económicas profundamente d

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El Frente POLISARIO atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia. Mientras Marruecos consolida su control sobre la mayor parte del Sáhara Occidental mediante inversiones, diplomacia y superioridad militar, la causa independentista pierde apoyos entre algunas potencias occidentales. Sin embargo, abandonar al movimiento saharaui no resolvería el conflicto: podría legitimar la adquisición territorial por hechos consumados, agravar la rivalidad entre Marruecos y Argelia y alimentar la inestabilidad en el Magreb. Sostener a la población refugiada, preservar la representación política saharaui y recuperar una negociación basada en la autodeterminación constituye una cuestión jurídica, humanitaria y estratégica para Europa y España.

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La creación de un Estado independiente en el norte de Marruecos, asentado sobre los antiguos territorios del Protectorado español, modificaría radicalmente el equilibrio estratégico del Estrecho de Gibraltar. Sobre el papel, una entidad rifeña podría convertirse en un Estado tapón entre España y Marruecos, reducir la presión directa sobre Ceuta y Melilla y ofrecer a Madrid un aliado privilegiado en materia de seguridad, migración y defensa. Sin embargo, la ausencia de un movimiento independentista mayoritario, la fortaleza del Estado marroquí, la heterogeneidad del territorio y el rechazo internacional a alterar fronteras consolidadas hacen que este escenario resulte extremadamente improbable y potencialmente contraproducente para España.
La idea de reconstruir en el norte de Marruecos una entidad política independiente parte de dos antecedentes

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Marruecos está desarrollando la transformación militar más ambiciosa de su historia reciente mediante la incorporación de cazas F-16V, helicópteros Apache, artillería de precisión, drones, satélites y sistemas israelíes de defensa aérea. Aunque su principal adversario continúa siendo Argelia y una confrontación directa con España resulta improbable, estas capacidades alteran el equilibrio estratégico en el Estrecho y aumentan la presión potencial sobre Ceuta, Melilla y Canarias. El verdadero riesgo para España no es una invasión convencional, sino la combinación de superioridad militar local, coerción migratoria, incidentes fronterizos, guerra electrónica y ambigüedad diplomática sobre los territorios españoles en el norte de África.

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La campaña desarrollada por los hutíes contra el tráfico marítimo en el mar Rojo ha transformado un conflicto regional en un problema de alcance global. Lo que inicialmente parecía una extensión de la guerra civil yemení ha terminado convirtiéndose en un instrumento de presión geopolítica capaz de alterar las principales cadenas internacionales de suministro. Gracias al apoyo militar, tecnológico y doctrinal de Irán, el movimiento Ansar Allah ha adquirido unas capacidades que exceden ampliamente las de una insurgencia convencional, proyectando su influencia sobre uno de los corredores marítimos más importantes del planeta. Comprender esta amenaza exige analizar simultáneamente la geografía, la estrategia naval, la guerra híbrida y la competencia regional entre Teherán y Occidente.

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La invasión rusa de Ucrania en 2022 no solo desencadenó la mayor crisis de seguridad en Europa desde la Guerra Fría, sino que aceleró una profunda transformación del equilibrio geopolítico euroasiático. Bajo la presión de las sanciones occidentales, Moscú y Teherán han convertido una relación históricamente pragmática en una asociación estratégica que trasciende la cooperación militar para abarcar la diplomacia, la energía, el comercio y las infraestructuras logísticas. En este mapa analizamos cómo ambos países buscan construir un espacio económico y político alternativo al orden liderado por Occidente, apoyándose en corredores comerciales, redes energéticas y una creciente convergencia de intereses que está redefiniendo la geopolítica de Eurasia.
Durante siglos, Rusia e

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Durante décadas, la presencia militar extranjera en África estuvo asociada casi exclusivamente a operaciones antiterroristas, misiones de estabilización o intervenciones de mantenimiento de la paz. Sin embargo, el mapa actual de las bases militares revela una transformación mucho más profunda. El continente ha dejado de ser un escenario periférico para convertirse en uno de los principales espacios donde se dirime la competencia entre las grandes potencias, en un contexto marcado por la rivalidad estratégica, la protección de corredores marítimos, el acceso a minerales críticos y la creciente fragmentación del orden internacional. Comprender la distribución de estas instalaciones militares supone, en realidad, comprender cómo se está reconfigurando el equilibrio global del siglo XXI.

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Mientras la atención internacional permanece centrada en Ucrania, Oriente Medio o la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, el conflicto del Sáhara Occidental vuelve a mostrar signos de escalada. Más de medio siglo después del inicio de la disputa entre Marruecos y el pueblo saharaui, la violencia continúa marcando el futuro de una de las cuestiones de descolonización aún pendientes en el sistema internacional.
La reciente muerte de Labib Abdelaziz, atribuida a un ataque marroquí contra posiciones del Frente Polisario, ha vuelto a situar el conflicto en el foco mediático. Más allá del impacto militar del ataque, el fallecimiento adquiere una dimensión simbólica por tratarse del hijo de Mohamed Abdelaziz, histórico líder del Polisario y figura fundamental de la lucha saharaui durante décadas. Su muerte plantea inter

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Irán no es únicamente una potencia regional definida por su rivalidad con Occidente o por su programa nuclear. Bajo la superficie de la República Islámica existe un complejo mosaico étnico que condiciona tanto su estabilidad interna como su estrategia de seguridad nacional. Persas, azeríes, kurdos, árabes y baluches conforman un territorio donde geografía, historia y poder político se entrelazan. Esta diversidad explica no solo las tensiones periféricas del Estado iraní, sino también la ubicación estratégica de sus principales instalaciones nucleares, diseñadas para garantizar la supervivencia del régimen frente a amenazas externas y eventuales fracturas internas.

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El agua se ha convertido en uno de los recursos estratégicos más sensibles del siglo XXI, especialmente en Oriente Medio, una de las regiones más áridas y políticamente inestables del planeta. La cuenca de los ríos Tigris y Éufrates constituye el eje vital para millones de personas en Turquía, Siria e Iraq, pero también una fuente permanente de rivalidad geopolítica. La construcción de grandes presas y sistemas de irrigación, especialmente por parte de Turquía desde finales del siglo XX, ha alterado profundamente el equilibrio hídrico regional. Sequías, crecimiento demográfico, cambio climático y conflictos armados han agravado unas tensiones que amenazan con convertir el agua en un factor central de seguridad y estabilidad regional.
En Oriente Medio, el petróleo ha dominado históricamente el debate geopolítico, pero el

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La relación entre España y Marruecos constituye uno de los ejes geopolíticos más sensibles del Mediterráneo occidental. Aunque Madrid y Rabat mantienen una intensa cooperación económica y en materia migratoria y antiterrorista, persisten profundas divergencias sobre soberanía territorial, control de flujos migratorios, delimitación marítima y equilibrio estratégico regional. Rabat ha desarrollado durante las últimas dos décadas una política exterior más ambiciosa y asertiva, utilizando la presión migratoria, la diplomacia energética y el apoyo internacional a su posición sobre el Sáhara Occidental como herramientas de influencia. Frente a ello, España representa no solo sus propios intereses nacionales, sino también los intereses de la Unión Europea y de la OTAN en una región crecientemente inestable.

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La crisis en el Estrecho de Ormuz ha vuelto a poner de relieve la vulnerabilidad energética de Europa y la importancia estratégica de asociaciones con países externos que favorezcan un equilibrio para el continente. A parte de la posibilidad de regresar a algunos viejos hábitos con Rusia, la Unión Europea gira la mirada hacia el norte del continente africano en búsqueda de socios estables que garanticen la entrada de gas natural, tan necesario ante la incapacidad de las energías renovables para, por sí solas, sostener adecuadamente la demanda total.
Hace aproximadamente un par de meses que Estados Unidos lanzó la operación Epic Fury contra Irán. Lo cierto es que la épica no hemos tenido el placer de verla en ningún momento. En cuanto a la furia, depende a quién se pregunte. En un pequeño inversor sin información privilegiada que tenía sus ahorros apalancado

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La guerra en Gaza no solo está teniendo consecuencias sobre el terreno; también está removiendo algo más profundo y menos visible: la forma en que Estados Unidos mira y juzga a Israel. Durante años, ese apoyo había sido casi automático, sostenido tanto por razones estratégicas como por inercias políticas y culturales. Pero algo empieza a moverse.
La última ofensiva israelí en la Franja ha acelerado ese cambio. Las imágenes, la intensidad del conflicto y el coste humano han atravesado el debate público estadounidense con una fuerza difícil de ignorar. Ya no se trata únicamente de posicionamientos ideológicos: la conversación ha saltado a espacios donde antes apenas existía.
Lo interesante es que esta evolución no se limita a los sectores más críticos o progresistas. Ahí, el cuestionamiento a Israel lleva tiempo creciendo, especialmente entre generaciones más jóvenes que no comparten los mismos marcos de referencia que sus predecesor

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El 25 de abril de 2026 una ofensiva militar en...
Aunque suele recordarse como un frente secundario, el teatro africano de operaciones fue decisivo para el desenlace de la Segunda Guerra Mundial. Desde el choque de imperios en el desierto del norte a las campañas en África oriental y la conquista de Madagascar, el continente se convirtió en un espacio donde se cruzaban intereses coloniales, rutas marítimas vitales y aspiraciones nacionalistas emergentes. En estas tierras combatieron ejércitos europeos, tropas coloniales africanas y fuerzas locales, mientras los mapas cambiaban sin cesar, anticipando la crisis del orden imperial que marcaría la posguerra.

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En el tablero geopolítico global, hay regiones que operan lejos del foco mediático, pero cuyo impacto es directo y constante sobre la seguridad europea. El Sahel es, sin duda, una de ellas. Una franja de territorio que, desde hace más de una década, se ha convertido en el epicentro de una tormenta perfecta: terrorismo yihadista, insurgencias locales, debilidad institucional y una creciente pugna entre potencias externas. Hoy, esa tormenta vuelve a intensificarse.
En las últimas horas, Mali ha sido escenario de uno de los ataques coordinados más relevantes de los últimos años. Grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda, junto a rebeldes tuareg, han lanzado ofensivas simultáneas en varias ciudades clave, incluida la capital, Bamako. La toma de enclaves estratégicos como Kidal y la retirada de fuerzas gubernamentales —apoyadas por mercenarios rusos— evidencian una realidad incómoda: ni los cambios de alianzas ni la apuesta por actores externos han logrado estabilizar el pa

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Durante décadas, Estados Unidos ha sido percibido como el garante último del orden internacional liberal: un actor capaz de combinar poder económico, estabilidad institucional y previsibilidad estratégica. Sin embargo, ese consenso se ha visto seriamente erosionado en los últimos años. La combinación de medidas coercitivas —desde el uso de la fuerza hasta la amenaza arancelaria— ha introducido un elemento de volatilidad que afecta tanto a los mercados como a las relaciones bilaterales.
La reciente política exterior estadounidense, marcada por decisiones unilaterales y una instrumentalización del comercio como herramienta geopolítica, ha contribuido a alterar profundamente la percepción internacional. La amenaza de imponer aranceles de hasta el 50% a China

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El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán ha abierto un nuevo frente regional en Líbano, donde Hezbolá emerge como actor clave. Su ataque a Israel evidencia que el país no controla plenamente el uso de la fuerza, reflejando una soberanía fragmentada. En un contexto de debilidad institucional, crisis económica y división política, el Estado libanés queda relegado frente al poder militar y social de Hezbolá. Este grupo, alineado con Irán, actúa como instrumento de proyección regional, convirtiendo a Líbano en escenario central del conflicto. Así, la guerra trasciende a los Estados y se expande en territorios donde el control estatal es limitado.
El pasado 28 de febrero Estados Unidos e Israel atacaron Irán. Pero, lejos de tratarse de un ataque aislado, esta guerra se está extendiendo por el resto de la región, principalmente en Líbano, desde donde el 2 de marzo Hezbolá atacó a Israe

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El pasado 28 de febrero, con un ataque diurno y compenetrado con la Fuerza Aérea Israelí que asesinó al antiguo Líder Supremo Alí Jamenei y a parte de su familia, EEUU dinamitaba las negociaciones nucleares con Irán al igual que ocurrió en junio de 2025. Sin embargo, esta vez la mayor contundencia de los bombardeos desató una respuesta a gran escala en todo el Golfo Pérsico e Israel por parte de Teherán.

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