A lo largo de la historia los Balcanes se han caracterizado por ser escenario de innumerables y encarnizados conflictos que han teñido de sangre a la región siglo tras siglo hasta ganarse el mote de “Polvorín de Europa”. Hoy, el espíritu bélico que atormenta al territorio desde tiempos remotos se encuentra sumido en un profundo sueño, pero la guerra desatada entre Rusia y Ucrania podría despertarlo de su letargo.


Se han cumplido ya más de dos meses desde que Rusia invadiera a su vecina Ucrania para dar rienda suelta a una lucha armada que, hasta el momento, parece no ver la luz al final del túnel. Aquel 24 de febrero significó la vuelta del terror no sólo para los ucranianos  -que son quienes lo sufren en carne propia-, sino para todos los europeos, que son testigos del regreso del fantasma de la guerra al continente. Un continente que aún tiene frescas en la memoria las cruentas imágenes de lo ocurrido en la ex Yugoslavia, que todavía oye el clamor de las ciudades destruidas por las bombas y que ni siquiera ha terminado de llorar a sus víctimas. La época de los horrores en Europa, que parecía haber tocado su fin en 1999 con la firma del tratado de Kumanovo, escribe en 2022 un nuevo capítulo.

Es cierto que las tensiones entre Rusia y Ucrania han ido in crescendo desde 2014 tras la anexión de Crimea a la Federación Rusa y que dicho hito se convirtió en el punto de inflexión que dio lugar a un problema diplomático internacional que desembocó en la militarización de ciertas zonas (sobre todo en el Donbass) y en las constantes muestras de desconfianzas de un lado y del otro. Pero a eso todavía no puede considerárselo como la guerra per se, sino que se trató más bien de los primeros hilos que comenzaron a entretejer la marañosa situación actual. Un panorama desalentador que, a ojos inexpertos, podrá parecer una pugna más entre dos naciones sin peligro de extenderse a más contendientes de los ya afectados y que, sin embargo, esconde riesgos más profundos.

Tanques ucranianos se preparan para defender su territorio de la invasión rusa en Lugansk (AFP)

Y es que una característica de los conflictos bélicos es que remueven sentimientos, evocan recuerdos aparentemente sepultados y los regurgitan nuevamente a la contemporaneidad. En este sentido es preciso tomar recaudos en una región tan particular como lo es la de los Balcanes, donde los nacionalismos -aunque hoy previsiblemente controlados- siempre se han manifestado de formas muy agresivas y amenazan constantemente con volver a presentarse a la orden del día para causar más de un dolor de cabeza. En especial, habrá que prestar atención a lo que pueda llegar a ocurrir en Bosnia y Herzegovina con la República Srpska, que lleva años viendo su imagen reflejada en el espejo de Crimea y cada vez siente más factible de llevar a cabo sus ansias de anexionarse a Serbia.

El tratado de paz que podría conducir a las armas

La firma del acuerdo de Dayton, celebrado en la ciudad homónima en 1995, puso punto a las hostilidades en Bosnia tras poco más de tres años de duración de uno de los enfrentamientos bélicos más salvajes que se recuerden en el pasado siglo. Pero ese punto no parece ser el final que culmina la historia, sino que barrunta más bien un punto y aparte que fue trazado para dar lugar a nuevos párrafos de discordia en la novela balcánica.

Para empezar, dicho tratado transformó al entonces recientemente Estado independiente de Bosnia y Herzegovina en una confederación compuesta por dos entidades subestatales autónomas y bien diferenciadas: por un lado la República Srpska, conformada íntegramente por la población serbo-bosnia; y por otro, la Federación de Bosnia-Herzegovina, que engloba a los cantones bosníacos y bosnio-croatas. De tal forma, aunque en la teoría integran un mismo país, lo cierto es que en la práctica ambas autonomías se miran de reojo y gobiernan por separado dictando cada cual sus propias leyes, enmarcadas en instituciones totalmente independientes. Sólo las competencias de defensa y relaciones internacionales quedan en manos del gobierno central, que está compuesto por una jefatura de Estado compartida entre tres presidentes (uno por cada grupo étnico).

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División administrativa de Bosnia y Herzegovina tras el Acuerdo de Dayton (AFP)

Es así que, mientras en la Federación de Bosnia-Herzegovina los grupos bosníacos y croatas hacen esfuerzos inconmensurables por llevar a cabo una convivencia relativamente armoniosa, los aires que se respiran en la República Srpska representan una realidad paralela. Basta con visitar cualquiera de sus urbes -Así sea su capital, Banja Luka, o la más pequeña de sus aldeas- para notar el ferviente nacionalismo serbio que se respira en el territorio. Casi no se ven banderas bosnias y abundan, en su lugar, insignias del país vecino. Los carteles de publicidad y la señalización de las calles se encuentran escritos en alfabeto cirílico y los edificios religiosos que predominan son las iglesias ortodoxas. La población se siente, pues, plenamente serbia, algo que se deja intuir en los aspectos cotidianos más simples, como las cadenas de televisión que se emiten o los alimentos que consumen; y si se le pregunta a un ciudadano de la República Srpska por su identidad, no se obtendrá una respuesta muy distinta a la recibida si la misma cuestión se hiciera en la mismísima ciudad de Belgrado.

CRIMEA, LA HERMANA MAYOR DEL ESTE

El panorama que se observa en la República Srpska recuerda en gran medida a la situación de Crimea. Y es que la codiciada península situada a las orillas del mar Negro fue y continúa siendo epicentro de batallas, tanto políticas como culturales, enarboladas bajo consignas nacionalistas donde el sentimiento pro-ruso es el principal protagonista. De hecho, fueron estos grupos favorables a Rusia quienes arrimaron la chispa a la mecha en 2013, luego de que las autoridades ucranianas de entonces decidieran tomar distancia del mundo ruso para aproximarse más a occidente y las instituciones europeas.

Llegado este punto es cuando las narrativas históricas comienzan a imponerse sobre cualquier atisbo de sensatez. En este sentido, los pro-rusos -con el apoyo incondicional del gobierno de Putin- se remontaron décadas y décadas atrás para echar mano de la historia, maquillarla y hacer con ella un ‘gran bollo’ de excusas que sirvieran de pseudoargumento para anexionar la región a la gran madre patria. Una campaña de rusificación se encargó de recordar que alguna vez el Kanato de Crimea había sido el destino turístico preferido por la nobleza dentro de la Rusia imperial, y que Sebastopol representaba la cabeza de la base naval rusa. Asimismo se tomaron el trabajo de explicar que fue durante el periodo de la Unión Soviética, cuando por incomprensibles decisiones a lo largo de su existencia, tanto el Donbass como la propia Crimea pasaron de integrar la República Socialista Federativa de Rusia a formar parte de la recién nacida RSS de Ucrania.

Así, bajo un clima de máxima tensión y apelando al nacionalismo romántico, los Crimeo-rusos lograron forzar un referéndum separatista que les permitiera, a la postre, ver su sueño realizado de volver bajo el ala del gigante eslavo. Lo que siguió a continuación ya es por todo el mundo conocido: el plebiscito resultó favorable a los pro-rusos y se modificaron -de facto- las fronteras interestatales, dando inicio al conflicto que desencadenó la guerra que hoy en día mantiene en vilo a todo un planeta. En consecuencia, Crimea se convierte para la República Srpska en una suerte de hermana mayor más experimentada en materia de llevar a la práctica aspiraciones compartidas y a la cual considera un modelo a seguir.

EL RIESGO DE UNA ERUPCIÓN ‘BALCÁNICA’

Las similitudes entre ambos casos son numerosas y están a simple vista. En Bosnia, además, lo pautado en el acuerdo de Dayton no termina de convencer ni a propios ni ajenos y sólo permanece vigente porque, de alguna manera, ha logrado poner paños fríos y calmar las aspiraciones secesionistas de cada una de las etnias que integran el Estado. No obstante, los nacionalismos en Europa del este son como el gran volcán que puede pasar largos periodos inactivo, pero que cuando finalmente entra en erupción tiene la mortal capacidad de desatar el caos y generar una auténtica catástrofe.

Desfile militar en conmemoración del Día de la República Srpska en las calles de Banja Luka (DW)

Si bien es cierto que los objetivos reales que impulsaron a Vladimir Putin a invadir Ucrania están más bien relacionados con su sempiterna puja contra la OTAN, no es menor el hecho de que haya jugado la carta del etnonacionalismo para disfrazar la cuestión y dotar de un trasfondo socio-cultural e histórico al origen del problema. Características como el idioma, las tradiciones y la sangre continúan siendo, por tanto, motores y pretextos infalibles para disgregar y unificar territorios. ¿Qué pasaría entonces si, a la luz de lo ocurrido en Crimea, los serbobosnios decidieran que es hora de patear el tablero y convocar una consulta popular para adherirse a Serbia? Y, por sobre todo, ¿cuál sería el papel y cómo reaccionarían estos segundos? En Belgrado recibirían encantados la noticia y se ilusionarían con la idea de desempolvar el viejo y trunco anhelo de crear una Gran Serbia, una moción que seguramente contaría con total apoyo ruso, dado que siempre han sido aliados como buenos primos hermanos. 

Por otra parte, Serbia no es Rusia ni tiene el mismo ejército ni los mismos recursos. Además, si sigue firme con sus pretensiones de ingresar a la Unión Europea no le conviene meterse en aventuras innecesarias que puedan contribuir a cerrarle definitivamente las puertas del club, y menos que menos en un aspecto tan sensible como lo es la estabilidad política en los Balcanes. Sin embargo, en un mundo donde la codicia y las pasiones dominan a la razón, todo puede ocurrir. Por lo pronto, no hay que confiar en la idea de “lo pasado pisado”, porque, como expresó Primo Levi en cierta ocasión en la que fue interpelado sobre el holocausto, “sucedió y puede volver a suceder”. 


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