Un mes después de que unas 72.000 personas...

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La teoría del «Gran Marruecos» no debería tratarse como un fósil ideológico de los años cincuenta. Su legado sigue proyectándose sobre la política territorial marroquí y explica por qué Ceuta y Melilla continúan siendo objeto de reivindicación, en un momento en que altos cargos del Gobierno de Rabat han vuelto a formularla en público y al máximo nivel institucional. Marruecos lleva décadas construyendo una política de presión sobre los territorios españoles del norte de África que no descansa en la fuerza militar, sino en la combinación de tres palancas: el control del flujo migratorio, la gestión discrecional de la frontera y una acción diplomática sostenida en el tiempo. Lo ocurrido en Ceuta el pasado julio demuestra hasta qué punto un perímetro fronterizo puede convertirse en cuestión de horas en un instrumento de presión política, y sitúa a España ante un escenario en el que la ambigüedad ha dejado de ser una opción barata. Lo ana

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Pocas relaciones internacionales están tan condicionadas por la historia, la geografía y la memoria como la que mantienen España y Marruecos. Durante siglos, ambos países alternaron guerras, acuerdos, ocupaciones y proyectos de expansión a ambos lados del Estrecho. España controló enclaves, administró un protectorado y gobernó territorios que hoy forman parte de Marruecos, mientras que la descolonización del Sáhara Occidental dejó una disputa todavía sin resolver. En la actualidad, comercio, migración, seguridad, Ceuta y Melilla convierten la relación en una asociación indispensable, pero profundamente asimétrica, en la que Rabat utiliza su creciente peso regional para revisar el equilibrio heredado del siglo XX.
La historia de España y Marruecos no puede explicarse como una simple relación entre dos Estados vecinos. Durante siglos, el Estrecho

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Las fronteras de Oriente Medio no fueron trazadas de una sola vez ni obedecieron exclusivamente al acuerdo Sykes-Picot. Surgieron de un proceso en el que confluyeron la desintegración del Imperio otomano, las ambiciones de Francia y Reino Unido, el reparto de recursos estratégicos, la protección de rutas imperiales y los proyectos políticos de las élites locales. Entre 1916 y 1932 se constituyeron Siria, Líbano, Irak, Transjordania y Palestina bajo fórmulas territoriales que rara vez coincidían con las identidades de sus habitantes. Aquellas delimitaciones no hicieron inevitables los conflictos posteriores, pero crearon Estados frágiles, minorías inseguras y disputas territoriales que atravesaron todo el siglo XX.

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La relación entre España y Marruecos constituye uno de los equilibrios más complejos de la política exterior española. Migración, comercio, seguridad, Ceuta y Melilla y, sobre todo, el Sáhara Occidental convierten a Rabat en un socio imprescindible, pero también en una fuente permanente de tensiones. La crisis de Ceuta evidenció hasta qué punto Marruecos puede utilizar diferentes instrumentos de presión para condicionar las decisiones españolas. Al mismo tiempo, el creciente respaldo internacional a Rabat está transformando el equilibrio regional. ¿Hasta dónde puede llegar España para preservar una relación estratégica sin convertir la cooperación con Marruecos en una dependencia política?
Pocos países condicionan tanto la política exterior española como Marruecos. La proximidad geográfica, los intercambios comerciales, la cooperación antiterrorista, los flujos migratorios,

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La Segunda Guerra Mundial también se libró en embajadas, estaciones de radio, laboratorios criptográficos y pisos clandestinos. Antes de que los ejércitos chocaran, las grandes potencias habían heredado servicios desiguales, culturas burocráticas rivales y una confianza excesiva en sus propios secretos. Durante el conflicto, el espionaje dejó de ser un oficio artesanal para convertirse en un sistema industrial que combinaba agentes, interceptaciones, sabotaje y engaño. Británicos, alemanes, soviéticos, estadounidenses y japoneses obtuvieron éxitos notables, pero solo algunos lograron traducir información en ventaja estratégica. La historia de sus espías revela que conocer al enemigo nunca basta: es preciso comprenderlo y conseguir que actúe como uno desea.

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Ceuta ha vuelto a situarse en el centro de una crisis que desborda ampliamente la cuestión migratoria. La llegada masiva de personas desde Marruecos colapsó temporalmente los servicios de la ciudad, obligó a desplegar al Ejército y reabrió el debate sobre la seguridad de las fronteras europeas. La situación vivida sobre el terreno muestra las consecuencias humanas, políticas y estratégicas de un fenómeno especialmente complejo. El papel de Rabat, la instrumentalización de los flujos migratorios y las vulnerabilidades de la relación entre España y Marruecos convierten lo sucedido en una cuestión central para la estabilidad del Mediterráneo occidental.
Ceuta no es únicamente una frontera entre España y Marruecos. También constituye uno de los puntos de contacto más sensibles entre Europa y África, entre dos realidades económicas profundamente d

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El Frente POLISARIO atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia. Mientras Marruecos consolida su control sobre la mayor parte del Sáhara Occidental mediante inversiones, diplomacia y superioridad militar, la causa independentista pierde apoyos entre algunas potencias occidentales. Sin embargo, abandonar al movimiento saharaui no resolvería el conflicto: podría legitimar la adquisición territorial por hechos consumados, agravar la rivalidad entre Marruecos y Argelia y alimentar la inestabilidad en el Magreb. Sostener a la población refugiada, preservar la representación política saharaui y recuperar una negociación basada en la autodeterminación constituye una cuestión jurídica, humanitaria y estratégica para Europa y España.

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Marruecos está desarrollando la transformación militar más ambiciosa de su historia reciente mediante la incorporación de cazas F-16V, helicópteros Apache, artillería de precisión, drones, satélites y sistemas israelíes de defensa aérea. Aunque su principal adversario continúa siendo Argelia y una confrontación directa con España resulta improbable, estas capacidades alteran el equilibrio estratégico en el Estrecho y aumentan la presión potencial sobre Ceuta, Melilla y Canarias. El verdadero riesgo para España no es una invasión convencional, sino la combinación de superioridad militar local, coerción migratoria, incidentes fronterizos, guerra electrónica y ambigüedad diplomática sobre los territorios españoles en el norte de África.

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Mientras la atención internacional continúa centrada en Ucrania, otra competición geopolítica avanza de forma mucho más silenciosa en el sudeste de Europa. Serbia, país candidato a ingresar en la Unión Europea, se ha convertido en el principal escenario donde convergen la creciente influencia económica de China y el peso político, energético y diplomático de Rusia. Ambas potencias han encontrado en Belgrado un socio estratégico desde el que proyectar sus intereses en los Balcanes, planteando nuevos interrogantes sobre el futuro de la ampliación europea. Una doble influencia que puede condicionar la autonomía estratégica de Serbia y complicar su integración plena en el proyecto político, económico y de seguridad de la Unión Europea.
La historia de los Balcanes ha estado marcada por una constante que parece repetirse con cada cambio de época:

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El Future Combat Air System (FCAS) representa mucho más que el desarrollo de un nuevo avión de combate. Concebido como el mayor programa militar europeo de las próximas décadas, aspira a garantizar la superioridad aérea del continente mediante una combinación de cazas de sexta generación, drones, inteligencia artificial y sistemas de combate conectados. Sin embargo, el proyecto también refleja las dificultades de Europa para construir una verdadera autonomía estratégica. Las tensiones entre gobiernos, las rivalidades industriales y los distintos intereses nacionales han ralentizado un programa que será determinante para el futuro de la industria aeronáutica europea y para la capacidad militar de la Unión Europea.
Durante décadas, la industria aeronáutica europea ha demostrado que puede competir con los mayores fabricantes del mundo. Prog

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La autonomía estratégica europea no es incompatible con la OTAN por definición, pero su compatibilidad depende de cómo se formule políticamente: como refuerzo del pilar europeo dentro de la seguridad euroatlántica o como proyecto de desvinculación respecto de Estados Unidos. La Brújula Estratégica de la UE afirma expresamente que una Unión “más fuerte y más capaz” complementa a la OTAN, que “sigue siendo el pilar de la defensa colectiva” de sus miembros, mientras la declaración UE‑OTAN de 2023 insiste en que una defensa europea más fuerte debe ser complementaria e interoperable con la Alianza.

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La industria de defensa europea atraviesa la transformación más profunda desde el final de la Guerra Fría. La invasión rusa de Ucrania, el deterioro del entorno estratégico continental, la creciente competencia tecnológica global y las dudas sobre la sostenibilidad del compromiso estadounidense con la seguridad europea han impulsado una revisión integral de las capacidades militares de la Unión Europea. En este contexto, Bruselas y las principales capitales europeas están apostando por reforzar la base industrial y tecnológica de defensa, incrementar la inversión militar, acelerar programas multinacionales y desarrollar una mayor autonomía estratégica. El objetivo es claro: garantizar la seguridad europea mediante capacidades propias.
La industria de defensa europea ha dejado de ser un sector especializado para convertirse en una infrae

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Bajo el inmenso “mar de plástico” que ha convertido a Almería en una de las principales despensas agrícolas de Europa se esconde una realidad mucho menos visible. Miles de trabajadores migrantes sostienen con su esfuerzo un modelo agroexportador de éxito internacional mientras sobreviven en asentamientos precarios, sin acceso pleno a vivienda digna ni a derechos básicos. Este reportaje analiza las dimensiones sociales, laborales y ambientales de un sistema que genera riqueza y abastece a millones de consumidores, pero que también evidencia profundas desigualdades estructurales. Una mirada crítica a las contradicciones que sustentan la llamada “huerta de Europa”.
Durante años, Almería ha sido presentada como uno de los grandes motores agrícolas de Europa. Bajo los kilómetros de invernaderos que cubren buena parte de la provincia ,el conocido “Mar de plástico”.
Se produce una enorme

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Más de cuatro años después del inicio de la invasión rusa a gran escala, Ucrania ha transformado cientos de kilómetros de frente en una de las redes defensivas más complejas de la guerra moderna. Trincheras escalonadas, campos de minas masivos, fosos anticarro, dientes de dragón y posiciones fortificadas han conseguido frenar el impulso ofensivo ruso y convertir cada avance en una operación extremadamente costosa. La denominada “Fortaleza Ucraniana” no solo ha congelado amplios sectores del frente, sino que está redefiniendo las lecciones estratégicas del combate terrestre contemporáneo. La cruenta guerra en Ucrania demuestra que, incluso en la era de los drones y la guerra electrónica, las defensas estáticas siguen siendo decisivas.
Cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala en febrero de 2022, el Kremlin

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La guerra de Ucrania ha transformado radicalmente la percepción europea sobre la seguridad, la resiliencia logística y la movilidad estratégica. La Unión Europea ha descubierto que no basta con aumentar el gasto militar si las infraestructuras continentales no permiten mover tropas, equipamiento y suministros con rapidez entre Estados miembros. En este nuevo escenario, las conexiones transfronterizas adquieren una dimensión geopolítica crítica. El Pirineo central, históricamente relegado en la planificación europea, emerge ahora como una pieza estratégica. Aragón puede convertirse en el gran nodo logístico y militar del sur de Europa mediante un corredor ferroviario y viario de alta capacidad comparable al paso del Brennero alpino.

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La relación entre España y Marruecos constituye uno de los ejes geopolíticos más sensibles del Mediterráneo occidental. Aunque Madrid y Rabat mantienen una intensa cooperación económica y en materia migratoria y antiterrorista, persisten profundas divergencias sobre soberanía territorial, control de flujos migratorios, delimitación marítima y equilibrio estratégico regional. Rabat ha desarrollado durante las últimas dos décadas una política exterior más ambiciosa y asertiva, utilizando la presión migratoria, la diplomacia energética y el apoyo internacional a su posición sobre el Sáhara Occidental como herramientas de influencia. Frente a ello, España representa no solo sus propios intereses nacionales, sino también los intereses de la Unión Europea y de la OTAN en una región crecientemente inestable.

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La salida de Viktor Orbán del centro del poder político europeo no solo tiene claras consecuencias políticas internas para Hungría o para el equilibrio institucional dentro de la Unión Europea. También provoca ya un cambio relevante en la dinámica geopolítica de los Balcanes, una región donde Budapest ha desempeñado durante años un papel mucho más importante de lo que a menudo se percibe desde Bruselas o desde las grandes capitales occidentales.
Durante más de una década y media, la relación entre Hungría y Serbia se ha consolidado como una de las alianzas políticas más sólidas del sudeste europeo. Orbán y Aleksandar Vučić desarrollaron una cooperación basada tanto en afinidades ideológicas como en intereses estratégicos compartidos, especialmente en ámbitos como la política migratoria, la seguridad energética o la defensa de una visión más soberan

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La crisis en el Estrecho de Ormuz ha vuelto a poner de relieve la vulnerabilidad energética de Europa y la importancia estratégica de asociaciones con países externos que favorezcan un equilibrio para el continente. A parte de la posibilidad de regresar a algunos viejos hábitos con Rusia, la Unión Europea gira la mirada hacia el norte del continente africano en búsqueda de socios estables que garanticen la entrada de gas natural, tan necesario ante la incapacidad de las energías renovables para, por sí solas, sostener adecuadamente la demanda total.
Hace aproximadamente un par de meses que Estados Unidos lanzó la operación Epic Fury contra Irán. Lo cierto es que la épica no hemos tenido el placer de verla en ningún momento. En cuanto a la furia, depende a quién se pregunte. En un pequeño inversor sin información privilegiada que tenía sus ahorros apalancado

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En el tablero geopolítico global, hay regiones que operan lejos del foco mediático, pero cuyo impacto es directo y constante sobre la seguridad europea. El Sahel es, sin duda, una de ellas. Una franja de territorio que, desde hace más de una década, se ha convertido en el epicentro de una tormenta perfecta: terrorismo yihadista, insurgencias locales, debilidad institucional y una creciente pugna entre potencias externas. Hoy, esa tormenta vuelve a intensificarse.
En las últimas horas, Mali ha sido escenario de uno de los ataques coordinados más relevantes de los últimos años. Grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda, junto a rebeldes tuareg, han lanzado ofensivas simultáneas en varias ciudades clave, incluida la capital, Bamako. La toma de enclaves estratégicos como Kidal y la retirada de fuerzas gubernamentales —apoyadas por mercenarios rusos— evidencian una realidad incómoda: ni los cambios de alianzas ni la apuesta por actores externos han logrado estabilizar el pa

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Durante más de una década, la Unión Europea ha convivido con una anomalía estratégica de difícil encaje: un Estado miembro que, sin abandonar formalmente el proyecto comunitario, operaba como un vector de disrupción interna alineado, en determinados ámbitos, con los intereses de una potencia revisionista como Rusia. La Hungría de Viktor Orbán no fue únicamente un caso de euroescepticismo político, sino un nodo funcional a través del cual Moscú encontró margen de influencia indirecta en la toma de decisiones europeas. La derrota electoral de Orbán, tras más de quince años en el poder, obliga a revisar el alcance de esa influencia y las implicaciones de su eventual desmantelamiento.
El modelo de “democracia iliberal” impulsado por Orbán desde 2010 generó las condiciones estructurale

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El segundo mandato de Donald Trump se suele enfocar como una amenaza para el proyecto europeo. La retórica hostil de Washington, su errática política arancelaria, el cuestionamiento de la seguridad colectiva en Europa y el apoyo explícito a fuerzas euroescépticas han generado una reacción en las capitales de los Estados miembros. Sin embargo, otra lectura más estratégica arroja una conclusión diferente: Trump 2.0 puede ser un poderoso acelerador exógeno para la integración europea. La cuestión no es si la Unión Europea debe reaccionar, sino si aprovecha el momentum político para transformar y adaptar su arquitectura interna al nuevo contexto multipolar.

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Abandono, retirada, humillación. Son algunos de los términos que han surgido en el debate público tras el reciente acuerdo entre la Unión Europea y el Reino Unido sobre Gibraltar. Más allá de la carga emocional de estas palabras, el pacto marca un punto de inflexión en la configuración geopolítica del Campo de Gibraltar y en la relación entre Europa y el Reino Unido tras el Brexit.
En este episodio analizamos sus implicaciones con Javier Chaparro, director de Europa Sur, e Iago Soler, director de los podcasts, en un contexto donde las certezas aún conviven con numerosas incógnitas.

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En apenas dos años, Europa ha perdido el Sahel y aún no ha asumido las consecuencias estratégicas de esa derrota, el colapso del pilar central de su estrategia de seguridad y proyección política en África Occidental. La creación de la Alianza de Estados del Sahel y su alineamiento con Rusia han expulsado a la Unión Europea de una región donde operó durante dos décadas con relativa comodidad. Ahora, mientras Moscú consolida su presencia en Malí, Burkina Faso y Níger, Bruselas se aferra al Golfo de Guinea como su último bastión estratégico en África Occidental. Pero ese espacio también está disputado: China construye puertos y carreteras, Turquía atrae a decenas de miles de estudiantes africanos, y Rusia firma pactos militares con Nigeria.
La cuestión decisiva es si la UE puede reconstruir su influencia apoyándose en ECOWAS, o si esta estrategia la deja peligrosamente expuesta en un entorno cada vez más competitivo.

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La Munich Security Conference de 2026 no es una cumbre más en el calendario diplomático. Se celebra en un momento en que Europa enfrenta su mayor redefinición estratégica desde el final de la Guerra Fría. Con la guerra en Ucrania aún marcando el pulso del continente, tensiones en la relación transatlántica y una rivalidad tecnológica que transforma la naturaleza y el centro del poder, la cita de Múnich se convierte en el escenario donde se negocian equilibrios, se miden alianzas y se ensayan nuevas arquitecturas de seguridad. Lo que allí se diga y, sobre todo, lo que allí se acuerde discretamente, tendrá impacto directo en el futuro europeo.
Cada febrero, la Munich Security Conference (MSC) convierte a la capital bávara en el epicentro del debate geoestratégico y geopolítico global.

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