La Segunda Guerra Mundial también se libró en...

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Ceuta ha vuelto a situarse en el centro de una crisis que desborda ampliamente la cuestión migratoria. La llegada masiva de personas desde Marruecos colapsó temporalmente los servicios de la ciudad, obligó a desplegar al Ejército y reabrió el debate sobre la seguridad de las fronteras europeas. La situación vivida sobre el terreno muestra las consecuencias humanas, políticas y estratégicas de un fenómeno especialmente complejo. El papel de Rabat, la instrumentalización de los flujos migratorios y las vulnerabilidades de la relación entre España y Marruecos convierten lo sucedido en una cuestión central para la estabilidad del Mediterráneo occidental.
Ceuta no es únicamente una frontera entre España y Marruecos. También constituye uno de los puntos de contacto más sensibles entre Europa y África, entre dos realidades económicas profundamente d

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El Frente POLISARIO atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia. Mientras Marruecos consolida su control sobre la mayor parte del Sáhara Occidental mediante inversiones, diplomacia y superioridad militar, la causa independentista pierde apoyos entre algunas potencias occidentales. Sin embargo, abandonar al movimiento saharaui no resolvería el conflicto: podría legitimar la adquisición territorial por hechos consumados, agravar la rivalidad entre Marruecos y Argelia y alimentar la inestabilidad en el Magreb. Sostener a la población refugiada, preservar la representación política saharaui y recuperar una negociación basada en la autodeterminación constituye una cuestión jurídica, humanitaria y estratégica para Europa y España.

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Marruecos está desarrollando la transformación militar más ambiciosa de su historia reciente mediante la incorporación de cazas F-16V, helicópteros Apache, artillería de precisión, drones, satélites y sistemas israelíes de defensa aérea. Aunque su principal adversario continúa siendo Argelia y una confrontación directa con España resulta improbable, estas capacidades alteran el equilibrio estratégico en el Estrecho y aumentan la presión potencial sobre Ceuta, Melilla y Canarias. El verdadero riesgo para España no es una invasión convencional, sino la combinación de superioridad militar local, coerción migratoria, incidentes fronterizos, guerra electrónica y ambigüedad diplomática sobre los territorios españoles en el norte de África.

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Mientras la atención internacional continúa centrada en Ucrania, otra competición geopolítica avanza de forma mucho más silenciosa en el sudeste de Europa. Serbia, país candidato a ingresar en la Unión Europea, se ha convertido en el principal escenario donde convergen la creciente influencia económica de China y el peso político, energético y diplomático de Rusia. Ambas potencias han encontrado en Belgrado un socio estratégico desde el que proyectar sus intereses en los Balcanes, planteando nuevos interrogantes sobre el futuro de la ampliación europea. Una doble influencia que puede condicionar la autonomía estratégica de Serbia y complicar su integración plena en el proyecto político, económico y de seguridad de la Unión Europea.
La historia de los Balcanes ha estado marcada por una constante que parece repetirse con cada cambio de época:

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El Future Combat Air System (FCAS) representa mucho más que el desarrollo de un nuevo avión de combate. Concebido como el mayor programa militar europeo de las próximas décadas, aspira a garantizar la superioridad aérea del continente mediante una combinación de cazas de sexta generación, drones, inteligencia artificial y sistemas de combate conectados. Sin embargo, el proyecto también refleja las dificultades de Europa para construir una verdadera autonomía estratégica. Las tensiones entre gobiernos, las rivalidades industriales y los distintos intereses nacionales han ralentizado un programa que será determinante para el futuro de la industria aeronáutica europea y para la capacidad militar de la Unión Europea.
Durante décadas, la industria aeronáutica europea ha demostrado que puede competir con los mayores fabricantes del mundo. Prog

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La autonomía estratégica europea no es incompatible con la OTAN por definición, pero su compatibilidad depende de cómo se formule políticamente: como refuerzo del pilar europeo dentro de la seguridad euroatlántica o como proyecto de desvinculación respecto de Estados Unidos. La Brújula Estratégica de la UE afirma expresamente que una Unión “más fuerte y más capaz” complementa a la OTAN, que “sigue siendo el pilar de la defensa colectiva” de sus miembros, mientras la declaración UE‑OTAN de 2023 insiste en que una defensa europea más fuerte debe ser complementaria e interoperable con la Alianza.

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La industria de defensa europea atraviesa la transformación más profunda desde el final de la Guerra Fría. La invasión rusa de Ucrania, el deterioro del entorno estratégico continental, la creciente competencia tecnológica global y las dudas sobre la sostenibilidad del compromiso estadounidense con la seguridad europea han impulsado una revisión integral de las capacidades militares de la Unión Europea. En este contexto, Bruselas y las principales capitales europeas están apostando por reforzar la base industrial y tecnológica de defensa, incrementar la inversión militar, acelerar programas multinacionales y desarrollar una mayor autonomía estratégica. El objetivo es claro: garantizar la seguridad europea mediante capacidades propias.
La industria de defensa europea ha dejado de ser un sector especializado para convertirse en una infrae

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Bajo el inmenso “mar de plástico” que ha convertido a Almería en una de las principales despensas agrícolas de Europa se esconde una realidad mucho menos visible. Miles de trabajadores migrantes sostienen con su esfuerzo un modelo agroexportador de éxito internacional mientras sobreviven en asentamientos precarios, sin acceso pleno a vivienda digna ni a derechos básicos. Este reportaje analiza las dimensiones sociales, laborales y ambientales de un sistema que genera riqueza y abastece a millones de consumidores, pero que también evidencia profundas desigualdades estructurales. Una mirada crítica a las contradicciones que sustentan la llamada “huerta de Europa”.
Durante años, Almería ha sido presentada como uno de los grandes motores agrícolas de Europa. Bajo los kilómetros de invernaderos que cubren buena parte de la provincia ,el conocido “Mar de plástico”.
Se produce una enorme

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Más de cuatro años después del inicio de la invasión rusa a gran escala, Ucrania ha transformado cientos de kilómetros de frente en una de las redes defensivas más complejas de la guerra moderna. Trincheras escalonadas, campos de minas masivos, fosos anticarro, dientes de dragón y posiciones fortificadas han conseguido frenar el impulso ofensivo ruso y convertir cada avance en una operación extremadamente costosa. La denominada “Fortaleza Ucraniana” no solo ha congelado amplios sectores del frente, sino que está redefiniendo las lecciones estratégicas del combate terrestre contemporáneo. La cruenta guerra en Ucrania demuestra que, incluso en la era de los drones y la guerra electrónica, las defensas estáticas siguen siendo decisivas.
Cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala en febrero de 2022, el Kremlin

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La guerra de Ucrania ha transformado radicalmente la percepción europea sobre la seguridad, la resiliencia logística y la movilidad estratégica. La Unión Europea ha descubierto que no basta con aumentar el gasto militar si las infraestructuras continentales no permiten mover tropas, equipamiento y suministros con rapidez entre Estados miembros. En este nuevo escenario, las conexiones transfronterizas adquieren una dimensión geopolítica crítica. El Pirineo central, históricamente relegado en la planificación europea, emerge ahora como una pieza estratégica. Aragón puede convertirse en el gran nodo logístico y militar del sur de Europa mediante un corredor ferroviario y viario de alta capacidad comparable al paso del Brennero alpino.

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La relación entre España y Marruecos constituye uno de los ejes geopolíticos más sensibles del Mediterráneo occidental. Aunque Madrid y Rabat mantienen una intensa cooperación económica y en materia migratoria y antiterrorista, persisten profundas divergencias sobre soberanía territorial, control de flujos migratorios, delimitación marítima y equilibrio estratégico regional. Rabat ha desarrollado durante las últimas dos décadas una política exterior más ambiciosa y asertiva, utilizando la presión migratoria, la diplomacia energética y el apoyo internacional a su posición sobre el Sáhara Occidental como herramientas de influencia. Frente a ello, España representa no solo sus propios intereses nacionales, sino también los intereses de la Unión Europea y de la OTAN en una región crecientemente inestable.

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La salida de Viktor Orbán del centro del poder político europeo no solo tiene claras consecuencias políticas internas para Hungría o para el equilibrio institucional dentro de la Unión Europea. También provoca ya un cambio relevante en la dinámica geopolítica de los Balcanes, una región donde Budapest ha desempeñado durante años un papel mucho más importante de lo que a menudo se percibe desde Bruselas o desde las grandes capitales occidentales.
Durante más de una década y media, la relación entre Hungría y Serbia se ha consolidado como una de las alianzas políticas más sólidas del sudeste europeo. Orbán y Aleksandar Vučić desarrollaron una cooperación basada tanto en afinidades ideológicas como en intereses estratégicos compartidos, especialmente en ámbitos como la política migratoria, la seguridad energética o la defensa de una visión más soberan

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La crisis en el Estrecho de Ormuz ha vuelto a poner de relieve la vulnerabilidad energética de Europa y la importancia estratégica de asociaciones con países externos que favorezcan un equilibrio para el continente. A parte de la posibilidad de regresar a algunos viejos hábitos con Rusia, la Unión Europea gira la mirada hacia el norte del continente africano en búsqueda de socios estables que garanticen la entrada de gas natural, tan necesario ante la incapacidad de las energías renovables para, por sí solas, sostener adecuadamente la demanda total.
Hace aproximadamente un par de meses que Estados Unidos lanzó la operación Epic Fury contra Irán. Lo cierto es que la épica no hemos tenido el placer de verla en ningún momento. En cuanto a la furia, depende a quién se pregunte. En un pequeño inversor sin información privilegiada que tenía sus ahorros apalancado

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En el tablero geopolítico global, hay regiones que operan lejos del foco mediático, pero cuyo impacto es directo y constante sobre la seguridad europea. El Sahel es, sin duda, una de ellas. Una franja de territorio que, desde hace más de una década, se ha convertido en el epicentro de una tormenta perfecta: terrorismo yihadista, insurgencias locales, debilidad institucional y una creciente pugna entre potencias externas. Hoy, esa tormenta vuelve a intensificarse.
En las últimas horas, Mali ha sido escenario de uno de los ataques coordinados más relevantes de los últimos años. Grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda, junto a rebeldes tuareg, han lanzado ofensivas simultáneas en varias ciudades clave, incluida la capital, Bamako. La toma de enclaves estratégicos como Kidal y la retirada de fuerzas gubernamentales —apoyadas por mercenarios rusos— evidencian una realidad incómoda: ni los cambios de alianzas ni la apuesta por actores externos han logrado estabilizar el pa

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Durante más de una década, la Unión Europea ha convivido con una anomalía estratégica de difícil encaje: un Estado miembro que, sin abandonar formalmente el proyecto comunitario, operaba como un vector de disrupción interna alineado, en determinados ámbitos, con los intereses de una potencia revisionista como Rusia. La Hungría de Viktor Orbán no fue únicamente un caso de euroescepticismo político, sino un nodo funcional a través del cual Moscú encontró margen de influencia indirecta en la toma de decisiones europeas. La derrota electoral de Orbán, tras más de quince años en el poder, obliga a revisar el alcance de esa influencia y las implicaciones de su eventual desmantelamiento.
El modelo de “democracia iliberal” impulsado por Orbán desde 2010 generó las condiciones estructurale

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El segundo mandato de Donald Trump se suele enfocar como una amenaza para el proyecto europeo. La retórica hostil de Washington, su errática política arancelaria, el cuestionamiento de la seguridad colectiva en Europa y el apoyo explícito a fuerzas euroescépticas han generado una reacción en las capitales de los Estados miembros. Sin embargo, otra lectura más estratégica arroja una conclusión diferente: Trump 2.0 puede ser un poderoso acelerador exógeno para la integración europea. La cuestión no es si la Unión Europea debe reaccionar, sino si aprovecha el momentum político para transformar y adaptar su arquitectura interna al nuevo contexto multipolar.

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Abandono, retirada, humillación. Son algunos de los términos que han surgido en el debate público tras el reciente acuerdo entre la Unión Europea y el Reino Unido sobre Gibraltar. Más allá de la carga emocional de estas palabras, el pacto marca un punto de inflexión en la configuración geopolítica del Campo de Gibraltar y en la relación entre Europa y el Reino Unido tras el Brexit.
En este episodio analizamos sus implicaciones con Javier Chaparro, director de Europa Sur, e Iago Soler, director de los podcasts, en un contexto donde las certezas aún conviven con numerosas incógnitas.

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En apenas dos años, Europa ha perdido el Sahel y aún no ha asumido las consecuencias estratégicas de esa derrota, el colapso del pilar central de su estrategia de seguridad y proyección política en África Occidental. La creación de la Alianza de Estados del Sahel y su alineamiento con Rusia han expulsado a la Unión Europea de una región donde operó durante dos décadas con relativa comodidad. Ahora, mientras Moscú consolida su presencia en Malí, Burkina Faso y Níger, Bruselas se aferra al Golfo de Guinea como su último bastión estratégico en África Occidental. Pero ese espacio también está disputado: China construye puertos y carreteras, Turquía atrae a decenas de miles de estudiantes africanos, y Rusia firma pactos militares con Nigeria.
La cuestión decisiva es si la UE puede reconstruir su influencia apoyándose en ECOWAS, o si esta estrategia la deja peligrosamente expuesta en un entorno cada vez más competitivo.

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La Munich Security Conference de 2026 no es una cumbre más en el calendario diplomático. Se celebra en un momento en que Europa enfrenta su mayor redefinición estratégica desde el final de la Guerra Fría. Con la guerra en Ucrania aún marcando el pulso del continente, tensiones en la relación transatlántica y una rivalidad tecnológica que transforma la naturaleza y el centro del poder, la cita de Múnich se convierte en el escenario donde se negocian equilibrios, se miden alianzas y se ensayan nuevas arquitecturas de seguridad. Lo que allí se diga y, sobre todo, lo que allí se acuerde discretamente, tendrá impacto directo en el futuro europeo.
Cada febrero, la Munich Security Conference (MSC) convierte a la capital bávara en el epicentro del debate geoestratégico y geopolítico global.

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¿El mundo se acaba en 2026?
Puede que no en términos literales, pero el orden internacional que conocíamos, sí que está puesto en entredicho.
Apenas han transcurrido dos meses del año y los cinco continentes ya han experimentado movimientos geopolíticos de enorme calado. Lo que durante décadas entendimos como el “orden heredado de 1945” —basado en instituciones multilaterales, equilibrios de poder relativamente estables y reglas compartidas— muestra signos evidentes de agotamiento y cuestionamiento interno. La arquitectura internacional surgida tras la Segunda Guerra Mundial ya no responde a las dinámicas de poder, competencia tecnológica, rivalidad estratégica y fragmentación política del siglo XXI.
Nos encontramos ante una transición histórica:

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Más allá de los célebres canales de Panamá y...
El Ártico ha dejado de ser un territorio remoto o una frontera olvidada para convertirse en uno de los escenarios más sensibles de la rivalidad geopolítica global. El deshielo progresivo, impulsado por el cambio climático, ha abierto la puerta a nuevas rutas marítimas y a un acceso más directo a enormes recursos energéticos, atrayendo la atención de múltiples actores. Mientras otros países debaten marcos legales y cooperación internacional, Rusia ha optado por imponer hechos consumados. Moscú ha decidido jugar con ventaja y hacerlo desde el primer momento, desplegando una herramienta que ningún otro Estado posee en la misma escala: la mayor flota de rompehielos nucleares del mundo.
Estos gigantes de acero no se limitan a partir el hielo. Reescriben las reglas del acceso, abren rutas comerciales bajo condiciones impuestas por Moscú y convierten una superioridad técnica en poder político y estratégico. Gracias a ellos, Rusia puede escoltar buq

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El tablero internacional ya no se rige por reglas simples ni por alianzas inamovibles. En un mundo cada vez más multipolar, donde el poder se reparte entre varios actores globales, las decisiones diplomáticas adquieren un peso estratégico crucial. España se encuentra hoy en una posición especialmente delicada: fortalecer sus relaciones con China mientras mantiene su histórica alianza con Estados Unidos. Desde la llegada de Pedro Sánchez al Gobierno, el acercamiento a Pekín ha sido constante, despertando recelos en Washington y abriendo un debate de fondo sobre hasta qué punto los países europeos pueden —y deben— diversificar sus alianzas en un contexto de creciente rivalidad entre grandes potencias.
Este acercamiento entre España y China responde, en gran medida, a una lógica pragmática. Pekín se ha convertido en un actor imprescindible en la economía global y en un socio com

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Hay momentos en los que nos vemos obligados a revisar no sólo las categorías de interpretación, sino también nuestras propias certezas. El panorama internacional actual es uno de esos momentos. No porque el mundo sea hoy más violento que en otras etapas históricas, sino porque las reglas implícitas que durante décadas sirvieron para anticipar comportamientos, gestionar riesgos y ordenar expectativas han perdido buena parte de su vigencia. La sensación dominante no es tanto la de caos, sino la de transición prolongada hacia algo que aún no sabemos nombrar con precisión.
Durante años, muchos dimos por hecho que el sistema internacional avanzaba, con fricciones, hacia una mayor estabilidad estructural. Creímos que la interdependencia económica actuaría como un freno racional al conflicto, que las instituciones multilaterales, aun imperfectas, serían capaces de amortiguar l

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