La energía nuclear tiene un peso importante en el mix energético de la Unión Europea: representa el 13% del total de la energía consumida, por detrás de los productos petrolíferos (34,5%), el gas natural (23,7%) y las energías renovables (17,4%), llegando a superar al carbón (11,5%). Las centrales nucleares también proporcionan el 25% de la electricidad de la UE, llegando al 70% en el caso de Francia, el segundo país del mundo que tiene más reactores.

 

En los años 70, muchos estados europeos optaron por la energía nuclear para resolver la crisis energética derivada de la inestabilidad en Oriente Medio. A partir de los años 80, algunos países, como Italia, Bélgica, Alemania y Suiza, empezaron a cerrar algunas de sus centrales nucleares, y en otros se paralizó la construcción de nuevos reactores. Los principales argumentos a favor del abandono de la energía atómica son el elevado coste económico, el peligro de sus residuos para la salud y el medio ambiente, así como los riesgos de seguridad que conlleva, como evidenciaron los accidentes de Chernóbil (1986) y Fukushima (2011). A pesar del compromiso de sustituir la energía nuclear por energías renovables, en algunos casos, como en Alemania, se ha acabado recurriendo a combustibles fósiles, agravando la crisis climática.

Mapa de las centrales de energía nuclear en Europa. (Elaboración propia).

Recientemente, la guerra de Ucrania ha disparado el precio del gas y del petróleo, provocando una crisis energética en Europa, que depende en gran medida de Rusia para su abastecimiento energético. En este contexto geopolítico, y teniendo en cuenta que la UE sólo produce el 42% del suministro energético que necesita, Bruselas ha renovado su interés por la energía atómica, dándole la categoría de energía verde. Todo indica que la energía nuclear desempeñará un papel fundamental, junto con las energías renovables, en la consecución de la autonomía energética y estratégica europea y de los objetivos de reducción de las emisiones de carbono.