En la historia antigua de la diplomacia (hasta no hace mucho), las relaciones entre los Estados se manejaron bajo las estrictas reglas de los protocolos, y donde los simples gestos de los representantes eran determinantes e importantes en las relaciones soberanas.  En la actualidad, este juego diplomático de gestos y palabras, ha quedado en descubierto en el conflicto ruso/ucraniano. Las reacciones desiguales, poco coordinadas, malentendidas y confusas estuvieron a la orden del día, ampliando incluso la problemática geoestratégica global a partir de los hechos bélicos que se acontecen en Europa Oriental.


Rusia y Ucrania: el principio del conflicto y la falta de entendimiento diplomático

Entendemos que Ucrania ha sido en este conflicto el que peor ha entendido los gestos diplomáticos, y el más perjudicado en esta mala lectura. Desde las reacciones en la plaza del Maidán, la caída de Crimea y la invasión militar rusa, los errores en su diplomacia han sido más que marcados. En primer lugar, no ha entendido su lugar dentro del concierto continental europeo: los Estados orientales siempre fueron de alguna manera, seculares para la UE. Luego de su separación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ha intentado acercarse e incluirse dentro de la mancomunidad europea y aprovechar así de sus bonanzas (sobre todo económicas). Pero la UE fue siempre reacia a las inclusiones: las inestabilidades políticas y económicas de los Estados postsoviéticos han sido algunas de las principales causas. E incluso se ha negado en varias oportunidades a Ucrania, particularmente su inclusión. Pero apenas hubo en los últimos años algunas señales de acercamiento, y el principio de la posibilidad de poder integrar el bloque, lo que provocó las primeras reacciones de Rusia (diplomáticamente hablando), y las respuestas de Ucrania.

Esta mala lectura llevó a errores diplomáticos del gobierno de Zelenski: la posición belicista y confrontadora frente a Rusia, la idea de gozar de la protección militar de la OTAN y el apoyo de la UE, y la subestimación de la posibilidad del uso de la fuerza de los rusos (algo que era asegurado desde los pares europeos, quienes negaban que Moscú realizara una invasión).

La Federación Rusa, contrariamente, fue siempre clara en lo que respecta al conflicto: iba a defender a toda costa su zona de seguridad. Sobre todo, en el Mar Negro. Recordemos también que Ucrania es un país eslavo y con una gran parte de su población (en algunas zonas apabullantes) identificados con el idioma, la religión, y la cultura rusa, además de los lazos económicos e incluso religiosos (en su mayoría, los ortodoxos ucranianos siguen al Patriarcado de Moscú). Dejó claro la administración de Putin, en reiteradas oportunidades, que no iba a permitir que la OTAN y la UE lleguen a sus fronteras de forma eficaz y amenazante.

Los discursos de Putin y sus políticos más cercanos no dejaban dudas. Inclusive los movimientos militares en Bielorrusia y en los Óblast limítrofes (mayormente en Rostov) y las palabras de sus Comandantes, dejaban a la vista el planeamiento de la operación. Esto, sin contar los antecedentes de 2014 en Crimea y la región del Donbás. Por ello, tomaremos que sus gestos fueron claros, más allá de algunas declaraciones públicas deslindando responsabilidades o intentando desescalar las amenazas o cuestionamientos occidentales.

 

Europa y la OTAN: de la incredulidad y la amenaza a la falta de reacción

Las reacciones de la Unión Europea y la OTAN al conflicto, fueron al menos parecidas: ninguna de las dos organizaciones creyó que Rusia podía llegar a invadir Ucrania.

Al igual que Zelenski, la mayoría de los líderes europeos subestimaron el uso del poder militar por parte de Putin en la resolución del conflicto. Recordaron algunos también, bajo las declaraciones hostiles de Moscú, que había un conflicto en la Europa continental desde 2014 (algo que parecían haber olvidado). Las declaraciones de apoyo al Gobierno ucraniano fueron repetidas, pero más todavía, fueron las amenazas hacia Rusia y la promesa de respuestas certeras y contundentes de que no permitirían las acciones militares en Europa. Hubo también algunos intentos de mediación, pero que se contradecían con las amenazas surgidas desde EEUU y la OTAN.

Luego de los primeros bombardeos y avances rusos por territorio ucraniano, estas declaraciones cayeron en el vacío: mientras Rusia avanzaba de forma rápida y comenzaba la guerra (con el desplazamiento de los refugiados), Europa no supo cómo ni cuándo reaccionar. Asimismo, la OTAN (que otrora había prometido la contundente respuesta militar), solo atinó a condenar la invasión y a subir el nivel de alerta de las tropas más cercanas al conflicto.

Las sanciones económicas adoptadas por el bloque europeo, cabe destacar, surgieron desde la administración de Biden, quién tomó las primeras medidas fuertes e instó a los europeos a seguir ese camino. Estas sanciones europeas también han sido tibias, sobre todo por la manivela que posee Rusia sobre los grandes gasoductos y la incertidumbre de la duración de la invasión.

El gesto de Europa fue bastante claro: repudiamos y condenamos, pero no olvidamos que somos quienes tenemos que negociar la salida al conflicto. El común acuerdo fue que la respuesta era diplomática: se decidió entonces incluir la solicitud de Ucrania de formar parte del bloque (más allá de rechazarla varias veces en el pasado). La respuesta militar contundente todavía espera.

La OTAN fue un poco más certera: expresó que no debía reaccionar en base a su Carta: ningún país del bloque había sido atacado. Pero sí fue interesante el movimiento de los meses posteriores: agilizar la inclusión de los posibles nuevos blancos de Putin: Finlandia y Suecia. El objetivo es posicionarse lo más cerca posible de las fronteras rusas, incluso se estuvo rumoreando la inclusión de Moldavia, tendiente a avanzar hacia el Mar Negro dicha proyección. Nada es imposible en estos casos de movimientos estratégicos.

 

América del Sur: señales confusas en la política exterior de sus líderes

Al estudiar los gestos diplomáticos de la región, debemos estar de acuerdo en que todas han sido poco coherentes, y cada una ha respondido de forma particular respecto a sus intereses, y nunca como un bloque homogéneo.

El caso de Argentina es anecdótico y errante como su política exterior en los últimos años. Días antes de la invasión rusa, el Presidente Fernández estuvo particularmente en Rusia, expresando textualmente que el país era “la puerta de entrada para que Rusia ingrese en América Latina”, resaltando las cualidades de líder de Putin y de la democracia rusa. Asimismo, en su visita a China, dijo que el modelo del Partido Comunista Chino era un ejemplo a seguir, y pregonaba las bonanzas del sistema político chino, aduciendo que, gracias a él, provino el crecimiento económico de China.

Luego de la invasión, la reacción errática fue aún más palpable: hubo un comunicado desde la cuenta oficial de la Cancillería, donde no se condenaba la invasión y solamente se instaba a las partes a solucionar “el conflicto”. Las críticas internas y externas hicieron que salga un comunicado oficial: se condenó la invasión con palabras medidas y casi una semana después del primer disparo. Incluso, ya avanzado el conflicto, no se han tomado sanciones económicas frente a Rusia.

Mapa mundial de acciones diplomáticas frente al conflicto Ucrania-Rusia (ABC)

Incluso la administración de Fernández/Kirchner, dispuso que Argentina se abstuviera de votar la condena a la invasión en el foro de la OEA. Ante la catarata de críticas e incluso la presión de los organismos internacionales (recordemos que el FMI mantiene un acuerdo con Argentina por la refinanciación de su deuda externa con dicho organismo), hizo que se volcara hacia la condena explícita, a pesar de algunas presiones desde el partido oficialista, fieles ideológicamente en su apoyo al gobierno de Putin. Luego de varios acuerdos, primó la posición de condena, y el voto fue positivo en la Asamblea General, pero dejando en descubierto la errante política exterior del país.

Lo mismo ocurre con Brasil. El gobierno carioca no ha sido determinante en la efectivización de sanciones, aunque sí en condenar el conflicto e instar a las partes a la solución pacífica. Si bien algunos altos funcionarios fueron críticos con el gobierno de Putin, fue Jair Bolsonaro quién evitó ser categórico, e incluso desautorizó en público la palabra de su Vicepresidente y del Ministerio de Relaciones Exteriores, al declarar que “el único autorizado para hablar de política exterior soy yo (Bolsonaro)”. Las palabras del Vicepresiente Hamilton Mourão, insistían en cambio en pedir el respeto del Derecho Internacional, de la soberanía, y el inmediato cese del uso de la fuerza. Incluso colocó a Brasil como garante de paz, pero asegurando que Occidente debería reaccionar “con el uso de la fuerza” a la ocupación rusa.

Entendemos que la reacción brasileña se posiciona dentro del eje de su principal bloque económico: el BRICS, donde Rusia es un socio comercial importante, y donde el resto de sus integrantes (China, India y Sudáfrica) no han sido tampoco terminantes en cuanto a sus declaraciones y sus posiciones en cuanto al conflicto. En este sentido, Bolsonaro declaró que Brasil tendrá una postura de neutralidad, pero que se mantiene «a favor de la paz.(…) No vamos a tomar partido, vamos a continuar por la neutralidad y a ayudar en lo posible a la búsqueda de una solución pacífica”.

De igual manera, tanto Brasil como Argentina, han votado a favor de condenar la invasión de Rusia en la Asamblea General de las Naciones Unidas, siendo esto un golpe a la posición de condena tibia que dieron sus mandatarios.

La reacción de Bolivia también fue en este tenor: no fue rotunda. En el Gobierno de Luis Arce se realizaron algunas publicaciones llamando a la paz y buscando una solución pacífica del conflicto, pero se abstuvo de votar en la Asamblea General de Naciones Unidas sobre una resolución de condena a la invasión. Arce explicó a través del Ministerio de Relaciones Exteriores que no es intención de su administración inmiscuirse en conflictos de terceras naciones, pero ex presidentes y la oposición no dejaron de expresar su malestar. La posición de alineación de Bolivia con Rusia es clara, y el apoyo, a pesar de no ser general, viene a ser política de estado por parte del actual gobierno.

 

América Latina y un nuevo giro hacia la izquierda (AFP)

Quizás, entre los países que se encuentran dentro de esta línea de no apoyo, pero también de “no condena”, el caso más resonante es el de Venezuela. El gobierno de Caracas rápidamente apoyó las medidas rusas, siendo las palabras de Maduro de apoyo a la invasión, y aduciendo la misma a su habitual discurso en contra de Estados Unidos, y buscando siempre la forma de colocarse políticamente en el medio del eje Rusia-Irán-China. Recordemos que Venezuela no pudo votar en la Asamblea General, ya que se encuentra atrasado en los pagos correspondientes de la membresía en la ONU.

Mostrándose como aliado incondicional de Rusia, de donde ha obtenido los dividendos que mantienen a flote a la maltrecha economía venezolana, y que ha sido pilar incluso en el rearme de las FFAA.

Con la victoria de Gustavo Petro en Colombia, los países de ideología progresista abundan en Latinoamérica (AFP)

Pero algo ha ocurrido en su relación con los EE.UU. que ha sorprendido: el nuevo contacto entre las administraciones, que (luego de la dolarización forzada de la economía por causa de los migrantes y por ser la moneda de cambio del petróleo), han comenzado a acercar posiciones.

Maduro ha siempre despotricado contra el “imperio estadounidense” (como él lo llama), y durante más de 10 años ha culpado al mismo y a sus sanciones económicas por ser los causales de la crisis económica y humanitaria del país, además de mantener vivo el relato de la revolución bolivariana antimperialista que lo ha mantenido en el poder de forma casi autocrática. Pero la nueva crisis del petróleo mundial ha llevado a EE.UU. a buscar nuevos mercados. Y recordó que, a menos de 5000 kilómetros de sus fronteras, se encuentran las reservas comprobadas más grandes del mundo. También hubo en marzo reuniones y enviados a Caracas desde Washington, que (recordemos) todavía no reconoce a su actual Presidente como primer mandatario. Incluso Maduro, sorprendentemente, dijo que solicitaría la correspondiente VISA, realizaría una visita a Nueva York, y afirmó que los venezolanos “amamos a los Estados Unidos”, en su programa de radio nacional.

Vemos en Colombia el primer apoyo rotundo a Ucrania: la condena y el apoyo han sido unánimes por parte del gobierno de Iván Duque. Desde el primer momento, las expresiones públicas a través de las redes sociales y las acciones de la Secretaría de Asuntos Exteriores han ido al unísono en línea con la posición pro norteamericana y de apoyo a la OTAN de Colombia. De igual manera, desde Washington miran de reojo la situación, ya que en las últimas elecciones el gobierno ha tomado un giro radical hacia la izquierda. Todo dependerá si el Presidente electo Gustavo Petro impondrá nuevas posiciones o seguirán como hasta hoy.

Los gobiernos de, Uruguay, Chile y Ecuador han sido los otros claros con el apoyo absoluto a Ucrania. En el caso de Chile, las declaraciones del ex Presidente Piñeira fueron rotundas al rechazar la invasión. Asimismo, el recientemente asumido gobierno de Boric fue igualmente condenatorio, y volcó su actividad diplomática hacia las sanciones en la ONU, siendo de los primeros países en buscar sanciones en el CS y la AG.

Ecuador ha sido también rotundo. La administración de Guillermo Lasso estuvo entre las primeras en condenar la agresión en Ucrania en la región, luego de la del Presidente de Uruguay, Lacalle Pou. Ambos países se han manifestado en el respeto al derecho internacional, e instan a Rusia a presentar un plan de paz, incluso dentro de la Asamblea General en la ONU.

Perú se ha encontrado también sobre esta línea. Si bien, las reacciones del Gobierno del Presidente Pedro Castillo y del Ministerio de Relaciones Exteriores peruano se hicieron esperar, fueron consistentes en su rechazo a la invasión y en el llamado a las partes para poder solucionar el conflicto de manera pacífica.

Quizás la posición más resonante frente a Rusia ha sido la de Paraguay. El Presidente Mario Abdo Benítez fue el primer mandatario latinoamericano en pronunciarse contra la invasión. Incluso, ha sido referido por las autoridades de Washington como el primer país de la región en dar claras señales contra la invasión rusa, a pesar de exportar hacia aquel país casi el 30% de sus exportaciones. Incluso, instó al país a prepararse para tomar medidas económicas en contra de Rusia, ya que una gran cantidad de sus productos exportados están atados a los precios internacionales. Cabe destacar que las mismas todavía no han sido efectivas, aunque algunas se encontraban en estudio.

 

Las respuestas de sus bloques: ambiguas y ausentes

Los organismos regionales, no han escapado de los lineamientos particulares de sus Estados miembros: ninguno se ha expresado como bloque. Asimismo, en las organizaciones regionales que se han pronunciado, ha habido vetos y abstenciones de algunos de sus miembros.

En primer lugar,  el MERCOSUR no ha podido como bloque instalar una postura frente al mundo. A las ya reticentes confrontaciones entre Argentina y Brasil, se unió la posición de Bolsonaro de no condenar el ataque ruso, lo que puso en aprietos a la presidencia del bloque, dirigida en este período por Paraguay. No hubo un comunicado conjunto, más allá de los esfuerzos de Paraguay, Uruguay y Chile de buscar la imagen de los mandatarios en una posición común. Solo hubo un comunicado del Parlamento del Mercosur, corto y conciso, pero no mucho más.

En el caso de la Comunidad Andina (CAN), la organización regional sudamericana, no ha emitido ningún pronunciamiento sobre el conflicto ruso-ucraniano, mostrándose respetuosa respecto a las posiciones que han mostrado los países que la conforman.

La CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), en cambio, ha generado algunas reacciones, pero no condenatorias, sino que buscaron un acuerdo común para tomar medidas, en primer lugar, de seguridad a los intereses de los países del bloque. A propuesta de Perú y con apoyo de la Presidencia pro tempore de Argentina, se «impulsa la Red de Asistencia Consular Regional para evacuar ciudadanos latinoamericanos y caribeños desde Ucrania», intentando aliviar los efectos del conflicto a los ciudadanos latinoamericanos que se encuentran en la región. No hubo comunicados que hayan tomado postura sobre la invasión ni de apoyo a ninguno de los Estados en conflicto, solo algunas palabras de mandatarios, pero ninguna de forma oficial en representación del organismo.

Frente a toda esta discordancia entre los Estados de la región, pondremos las posiciones de la región frente a la OEA (Organización de los Estados Americanos), como otro ejemplo de la falta de coordinación y de política común. En un comunicado oficial de las Representaciones Permanentes en la OEA, se condenó a la invasión, y se la tildó como «ilegal, injustificada y no provocada». Además, programó una reunión extraordinaria de su Asamblea General, con el objetivo de suspender a Rusia como estado observador de la Organización, resolución presentada por Guatemala y Antigua y Barbuda, con el apoyo de Canadá, Colombia, Estados Unidos, Granada y Uruguay. En la misma, 20 de un total de 35 países (sabiendo que Cuba,se encuentra suspendida en su participación por una violación a la carta de la OEA). De estos 25 países, Argentina y Brasil encabezan la lista de los que se abstuvieron a tomar una posición, sumando a Bolivia como los tres países sudamericanos que no han asentado una posición en dicho organismo. Se espera que estas posiciones vuelvan a reproducirse.

Votación del proyecto de resolución humanitaria respaldado por Ucrania aprobado en la Asamblea General de la ONU, luego rechazado por el Consejo de Seguridad (UNWebTV)

 

Una oportunidad desperdiciada nuevamente para establecer la política exterior del subcontinente

Vemos entonces como todas las posiciones de los países de la región difieren en cuanto a qué declarar sobre el conflicto en Ucrania. Algunas posiciones dubitativas e incluso de apoyo, colocan a la región fuera de la idea que el mundo tiene sobre ella: una región democrática y garante de la paz, y pone en jaque las posibilidades reinantes a causa del conflicto.

La región no toma dimensión del conflicto, y de cómo su inicio y evolución han marcado a la geopolítica global en un nuevo punto de inflexión, siendo una oportunidad perdida de posicionar el bloque sudamericano como una opción viable para el resto del mundo: viable políticamente, mostrando madurez en sus Estados y posiciones comunes en contra de cualquier forma de gobierno contraria a los valores democráticos; como un mercado económico pujante, en crecimiento y en capacidad de abastecer al mundo luego de una pandemia y una guerra en Europa; y  sobre todo, garantizando la paz y condenando el uso de la fuerza en las Relaciones Internacionales como solucionador de conflictos.


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