El yihadismo, entendido como la lucha armada de los fundamentalistas musulmanes, alcanzó una de sus mayores hitos con la instauración del autodenominado Califato Islámico en 2014, que llegó a controlar una gran parte del territorio iraquí y sirio hasta su declive en 2017. Más recientemente, en 2021, el regreso al poder de los talibanes en Afganistán y la imposición de la sharía ha supuesto una nueva conquista del radicalismo islámico. Sin embargo, a nivel global, han sufrido importantes retrocesos durante los últimos años, especialmente en el Levante, Nigeria y Libia, gracias a las ofensivas militares llevadas a cabo por milicias y fuerzas gubernamentales, con el apoyo de potencias extranjeras como Estados Unidos, Francia, Reino Unido o Rusia.

Pese a tener un objetivo común, el radicalismo islámico no es un fenómeno homogéneo, y está representado por varios grupos -principalmente, Al Qaeda, Estado Islámico y el Talibán- que se disputan la hegemonía de la escena yihadista. Estos tres principales grupos, con sus correspondientes filiales regionales, difieren en cuánto a métodos y aspiraciones, y frecuentemente mantienen enfrentamientos armados entre sí. Como vemos en el mapa, en muchos de los territorios con presencia yihadista podemos encontrar varias ramas locales leales a estos grupos terroristas, más o menos autónomas al núcleo de sus respectivas organizaciones.

También podemos observar que en la mayoría de casos dichos grupos no logran tener una gran implantación territorial, que acostumbra a estar limitada a zonas rurales, y su presencia e influencia se suele ejercer a través de actividades paramilitares, atentados, impuestos revolucionarios, proselitismo, secuestros, etc.


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