El tablero internacional ya no se rige por reglas simples ni por alianzas inamovibles. En un mundo cada vez más multipolar, donde el poder se reparte entre varios actores globales, las decisiones diplomáticas adquieren un peso estratégico crucial. España se encuentra hoy en una posición especialmente delicada: fortalecer sus relaciones con China mientras mantiene su histórica alianza con Estados Unidos. Desde la llegada de Pedro Sánchez al Gobierno, el acercamiento a Pekín ha sido constante, despertando recelos en Washington y abriendo un debate de fondo sobre hasta qué punto los países europeos pueden —y deben— diversificar sus alianzas en un contexto de creciente rivalidad entre grandes potencias.
Este acercamiento entre España y China responde, en gran medida, a una lógica pragmática. Pekín se ha convertido en un actor imprescindible en la economía global y en un socio com

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