En este nuevo artículo que desde GEOPOL21 se dedica a la figura de la difunta reina Isabel II de Reino Unido, se analiza la segunda parte  del caso del poder blando británico, y pone miras a que supone perder un activo institucional como la Reina Isabel II. En repetidas ocasiones, los índices de soft power han destacado al Reino Unido entre los primeros puestos, reflejando el atractivo de sus capacidades. La BBC, la Premier League, el British Council o incluso el propio idioma, son instituciones de influencia. Sin embargo, la Corona, si bien es menos tangible, supone uno de los activos diplomáticos más importantes del país.


EL SOFTPOWER BRITÁNICO 

Como advertíamos en la parte primera, para la República Popular de China la estrategia de soft power es concebida a principios del siglo XXI. El Reino Unido, tercer soft power en el mundo, lleva siendo consciente de la influencia de esta herramienta lustros atrás. Las administraciones de Cameron (2010-2016) y Johnson (2019-2022), son las que han plasmado con mayor maestría lo que el gobierno de su majestad piensa al respecto. Es más, desde 2015, tal y como lo revelan las Integrated Reviews (IR), el soft power ha sido considerado como objetivo de seguridad nacional. La percepción no es menor, el ejecutivo británico lleva décadas construyendo e institucionalizando su proyección exterior, la IR de 2015 lo define como “a unique and powerful asset, built up over generations. It is based on an open, trustworthy and innovative identity”. No solo un activo, pero un componente más de su capacidad operativa, así lo reconocen en 2021 alentando a adoptar un enfoque comprehensivo – combinando Hard con Soft power. 

Ese enfoque comprensivo es a su vez un augurio de la política futura. Detrás de la red diplomática, los equipos de desarrollo y las Fuerzas Armadas, entre otros, el Gobierno entiende el rol de los actores no estatales en la promoción del soft power, e incluso, de instituciones menos visibles en su aplicación. Por ejemplo, la Corona y sus miembros. Sin embargo, todos y cada uno de ellos, cuando practican soft power lo hacen siguiendo un propósito (promover los valores e intereses de la nación), pero también para hacer frente a las causas de las amenazas a la seguridad y sus consecuencias. Esto incluiría atraer a otros países a apoyar y consolidar estos objetivos, o como mínimo, disuadirlos de su obstaculización. 

Para que nos hagamos una idea, en 2021, el Gobierno dedicó 100 millones de libras a organismos dedicados a la cultura nacional, alrededor de unos 190 millones de libras al desarrollo del British Council, 42 millones para promover el turismo y, 284 millones en mejorar la oferta y acceso de museos y galerías. Este apoyo financiero, logístico y político, no quedaría en los límites domésticos. El Reino Unido es el primer país occidental que financió el establecimiento del Asian Infrastructure Investment Bank (AIIB), y es el país del G7 que más aporta de su presupuesto general al desarrollo, un 0.6%. Es más, a pesar de haber reducido su presupuesto, el baluarte anglosajón, había consolidado el segundo puesto en contribuciones a la ayuda humanitaria, por detrás de Estados Unidos. 

The AIIB makes its path to success (Geoffrey Maene, Vivire la Chine)

Ahora bien, objetivos, razones y recursos son solo el intento por instrumentalizar una forma de poder para lograr consignas políticas, pero se necesitan componentes sólidos para llevar a cabo la operacionalización del atractivo de un país. Uno quiere ser creíble, abierto y democrático, pero necesita demostrarlo. Hasta el día de hoy, ambas Integrated Reviews han sido capaces de recoger algunos de esos logros. En términos de Cultural power, estos son algunos ejemplos emblemáticos. La BBC es hoy capaz de alcanzar casi 450 millones de espectadores en 42 idiomas, el British Council opera en casi 100 países, y uno de cada ocho álbumes de música vendidos son de un artista británico. La educación es otro gran activo consolidado, el Reino Unido posee 11 de las 100 mejores universidades del mundo, es más, se considera que uno de cada cuatro jefes de Estado, o Gobierno, se han educado en alguna universidad británica. Por último, la oferta cultural, 33 son los lugares en suelo británico considerados patrimonios de la humanidad por UNESCO, y sus museos y galerías alcanzarían más de medio billón de personas al año. 

 

¿QUÉ ROL JUGÓ LA REINA ISABEL II COMO MONARCA DE REINO UNIDO? 

La Reina Isabel II, con siete décadas en el trono, ha sido con toda seguridad uno de los mejores activos diplomáticos del Reino Unido. Capaz de promulgar una visión de país, con pasado imperialista y colonial, de manera extraordinaria. Entre algunas de las contribuciones, la jefa de Estado visitó oficialmente más de 100 países, conoció a 13 presidentes de Estados Unidos, trabajó con 15 primeros ministros, nombró a 7 arzobispos, y llegó a conocer a 5 Papas de la Iglesia Católica. La popularidad de la Reina llegó a ser patente entre sociedades como la de Arabia Saudita o Rumanía. La monarca cumplió con su condición de neutralidad política hasta el final, era perentorio no reproducir la política del Gobierno sino velar por los intereses del Estado. Y así ocurrió en diversas ocasiones y de distintas maneras. La familia real, de una forma u otra, son una marca más del país, consolidando y extendiendo contactos para el comercio, fundamental para las islas británicas. 

La realidad es que la Reina Isabel II era parte del atractivo del país. La confianza, serenidad y respeto que el Reino Unido pretendía proyectar hacia el exterior, ha sido más creíble, en parte por la actividad de la monarca. Se convirtió muy pronto en pivote esencial para el rol del país en la consolidación de la Commonwealth of Nations. A modo de ejemplo, su apoyo a Nelson Mandela supuso que éste iniciara los trámites de adhesión y reconocimiento de dicha asociación. Alex Penler, describe para el blog del London School of Economics cuáles fueron algunas de las herramientas y características que definieron el soft power isabelino. Influencia, estabilidad y persuasión, estos han sido los principales vehículos que han convencido a tantos países más allá de las fronteras británicas. 

En mi opinión, dos son las capacidades que lo resumen. Primero, una capacidad de proyección, lanzando un mensaje de estabilidad constitucional, neutralidad política y unidad nacional, todos valores fundamentales para aquellos países que se independizaron en la fase poscolonial. Segundo, una capacidad de escucha activa, de alguna forma, la Reina no trató nunca de convertir sino de convencer. Para ello, empleó puestas en escena y comunicaciones estratégicas, donde se planifica y operacionaliza la persuasión, pericia, buena voluntad y confianza como dimensiones clave de su credibilidad. Puede que no haya mejor ejemplo que su visita a Irlanda en 2011, a modo de reconciliación y perdón, saludando a nacionalistas y protestantes. 

La Reina Isabel II contemplando el Dublin Memorial Garden en 2011 (The Washington Post)

LA OPORTUNIDAD Y EL RETO: LA COMMONWEALTH OF NATIONS 

Ministros del Parlamento británico e interesados en política exterior ya expresaron en su día las sendas dudas sobre la influencia monárquica una vez la Reina Isabel II abandonara el trono. Los miedos giraron hacia una de las principales direcciones geopolíticas tras el Brexit: la Commonwealth of Nations. 

Es importante hacer el siguiente apunte. El inconveniente geopolítico no se encuentra en la asociación voluntaria de naciones – la Commonwealth of Nations – sino en aquellos Estados que comparten sistema constitucional y jefe de Estado: los Commonwealth Realms (reinos). Es decir, en el primer caso hablamos de una asociación creada durante el imperio británico para controlar lo que se conocían como Dominions. Hoy, engloba a 56 países independientes y soberanos, acompasando 2.5 billones de ciudadanos, todos ellos, compartiendo los valores prescritos en la Carta de la Commonwealth. 

Algunos de estos países, como la India, eran también parte de los “reinos” hasta que se independizaron y transitaron a otros sistemas políticos. Sin embargo, otros como Canadá o Nueva Zelanda decidieron mantenerse como monarquías constitucionales con la Reina Isabel II como soberana. El monarca, como en el Reino Unido, mantiene estricta neutralidad política y vela por la unidad nacional y estabilidad constitucional. No posee poderes ejecutivos, ahora bien, sanciona gobiernos y nombra gobernadores que le representarían en el territorio. En pocas palabras, los poderes serían más bien simbólicos. Es más, estos países, mantuvieron la soberanía de la Reina Isabel II precisamente por la aportación simbólica que les ofrecía. 

La Duquesa de Cambridge saludando durante su visita en Trench Town, Jamaica (The Guardian)

Ahora bien, con el fallecimiento se abre una brecha importante en la proyección de esos valores que atraían a los realms de la Commonwealth. Una brecha que viene de lejos: el Reino unido, sigue perseguido por su pasado colonial e imperialista, y la corona también. En marzo de este año, el duque y la duquesa de Cambridge visitaron Jamaica, en una visita que marcaría el último aniversario de la Reina. Las críticas fueron feroces tanto por su atuendo como por algunos lugares que visitaron, todas giraron en torno a “reparación, perdón, y descolonización”. Hasta 20 Estados decidieron abandonar los Commonwealth Realms como rechazo a la monarquía y para dejar patente el fin de su sujeción política al imperio británico, Dominica, Guayana y Trinidad y Tobago lo hicieron en los 1970. 

Barbados fue el más reciente en seguir la estela, en 2021, con su Presidenta electa expresando que era momento de dejar su pasado colonial atrás. La realidad es inescapable, el Imperio británico existió y se subyugaron territorios bajo un largo periodo colonial, es más, la Corona fue gran artífice de ello. El profesor Trevor Burnard, de la Universidad de Hull, reconoce que desde Carlos II (1630-1685) hasta Guillermo IV (1765-1837) la monarquía estuvo plenamente envuelta en la esclavitud. De hecho, la propia Reina Isabel I proveyó al comerciante de esclavos John Hawkings (1532-1595) con varios navieros para la tarea. A pesar de que es la misma Reina Isabel II la que atestigua junto al primer ministro Harold Macmillan (1957-1963) y Harold Wilson (1974-1976) la descomposición del imperio, crecen las voces republicanas y anticoloniales. Sobre todo, en la región del CARICOM (Comunidad Caribeña).

No son solo declaraciones, el movimiento para las reparaciones ya consta de una comisión para las mismas dentro de la CARICOM, es decir, cuenta con el apoyo de 15 gobiernos. La principal premisa es que tanto el Gobierno como el Estado deben reparar y compensar los daños, en palabras del movimiento, «económicos, sociológicos y psicológicos” del legado colonial. La amenaza crece cada día, incluso con la CARICOM presionando a los aliados europeos del Reino Unido. Los errores de protocolo y planificación de los hoy herederos al trono, en Jamaica este año, solo hacen que alimentar las sensibilidades de ciudadanos que tienen muy presente la decadencia producto de la esclavitud y el colonialismo. Desafortunadamente, el soft power británico de estos actores en estas regiones está amenazado por la democratización de la información y la tecnología. En palabras del historiador Phillip Murphy:I think the FCDO is sometimes a bit naive, and it does not have much institutional memory. There are profound sensitivities around the legacies of colonialism and slavery and around the royal presence in the Caribbean”.

 

CONCLUSIONES 

El Reino Unido no dejará de ser una de las mayores potencias de soft power del mundo. Sin embargo, debe ejercerlo de la forma más democrática e inclusiva posible. Eso implica reforzar como mínimo tres acciones fundamentales. Primero, la acción multilateral es clave, sobre todo, en asociaciones como la Commonwealth, apoyándose en liderazgo de impacto. Segundo, el uso de organismos como el British Council para trabajar el enfoque people-to-people con la sociedad civil. Finalmente, reforzar el rol de la sostenibilidad, empujando un desarrollo ajustado y flexible a las necesidades de estos lugares. La Corona sigue siendo representante de los intereses del Estado británico, y en esa misión, debe inferir necesidades y puntos de convergencia. En definitiva, debe revitalizar el concepto soft power isabelino.


NOTA: Los planteamientos e ideas contenidas en los artículos de análisis y opinión son responsabilidad exclusiva, en cada caso, del analista, sin que necesariamente representen las ideas de GEOPOL 21.