Desde hace unos siete años, las relaciones entre la Unión Europea y la Turquía de Recep Tayipp Erdogan se han visto deterioradas por desacuerdos en torno a temas tan diversos como la inmigración, la plataforma continental y los conflictos de Medio Oriente. Detrás de todo ello, se halla el problema de la nunca concretada y muchas veces prometida incorporación turca a la UE. En cierto sentido, la ampliación hacia el Este ha sido un gran instrumento de relaciones internacionales para la Unión Europea. 

Durante cuarenta años, la incorporación de nuevos países ha permitido ampliar las fronteras de la Unión y aumentar su hegemonía normativa para modelar el contexto europeo y mediterráneo. Además, las promesas de ampliación han logrado influir en las reformas liberales en los países candidatos, así como difundir la prosperidad, la democracia y la seguridad en los antiguos países autoritarios del Este y del Sur. Sin embargo, hay un país que, a pesar de las promesas hechas para su candidatura desde 1999, aún no se ha convertido en miembro de la Unión Europea y probablemente nunca lo será: la República de Turquía. Un caso anormal para la UE, Turquía siempre ha estado a caballo entre Europa y Oriente Próximo, entre modernidad y tradición. La República laica y centralizada, fundada por Mustafa Kemal, ha sido siempre una democracia autoritaria, con una mayoría de población musulmana, y que se ha inclinado recientemente hacia Islam político y hacia el revisionismo geopolítico en la región.

El régimen kemalista y la cuestión de Chipre

Habiendo atravesado la época del fascismo sin intervenir en los asuntos europeos, la Guerra Fría fue la gran oportunidad de las élites kemalistas para ganar el estatus occidental, aprovechando la posición estratégica de Turquía en la nueva geopolítica bipolar e integrándose en la OTAN en 1952. Por lo que se refiere a la Comunidad Europea, el vínculo formal comenzó en 1963, con la firma del Acuerdo de Asociación, que preveía la unión aduanera, la ayuda económica a Turquía y la libre circulación como etapas progresivas hacia la posible integración de Turquía en la CE. Sin embargo, los golpes militares de 1960, 1971 y 1980 bloquearon el progreso de la ampliación turca. Incluso, con la creación de la Constitución de 1961, los generales institucionalizan sus funciones en el gobierno y afirman su papel de defensores de la nación frente a los desafíos internos del Islam político, la violencia kurda y la amenaza griega. 

Mapa del Levante Mediterráneo donde se muestra la particular situación geoestratégica de Chipre (La Razón)

Para Grecia y Turquía, la cuestión de Chipre, deteriorada por la violencia interétnica de 1963-1974, era de interés nacional y una obligación moral. Los dos países habían obtenido sus identidades nacionales en la confrontación entre ellos, la percepción del adversario está en su historia y su literatura, por lo que no tuvieron muchas dificultades para intensificar el conflicto chipriota. En 1974, tras el intento del régimen militar griego de anexionarse Chipre mediante un golpe de Estado, Turquía invadió la isla, que desde entonces ha permanecido dividida entre la República de Chipre, poblada por los grecochipriotas y reconocida internacionalmente, y el Estado turcochipriota, reconocido únicamente por Turquía.

Dos años después de la admisión de Grecia en la CE, en 1981, Ankara inició un proceso de democratización moderada hacia un sistema multipartidista para acercarse a Europa, sin desmantelar el enorme poder de los militares. Uno de los efectos de esta apertura fue el crecimiento de los partidos islamistas, que propusieron la recuperación de la moral musulmana como condición previa para el desarrollo y se presentaron como defensores de la libertad de pensamiento frente al autoritarismo kemalista. Mientras tanto, el Gobierno turco intentaba mejorar sus relaciones con Grecia, de tal modo que, en 1987, realizó su primera solicitud de incorporación a la CE. La respuesta no llegó hasta 1990. El Consejo informó a Ankara de que su candidatura no podía realizarse repentinamente, ya que la CE todavía se está adaptando a la reciente ampliación en el Mediterráneo y que su prioridad momentánea era el programa de mercado y moneda comunes. En realidad, la CE utilizaba la promesa de ampliación como mecanismo para llevar a cabo la liberalización del sistema político y de la economía turcos, de acuerdo con los parámetros europeos.

La ampliación de Europa hacia el Este

En el Consejo Europeo de Luxemburgo de 1997 se aceptaron las candidaturas de los Estados poscomunistas, Malta y Chipre, mientras que Turquía fue ignorada y condicionada a hacer avanzar los cambios institucionales. En consecuencia, Ankara suspendió sus relaciones con la UE. Lo cierto es que las élites kemalistas en el ejército y la burocracia tenían una débil vocación democrática. Además, eran conocidos los abusos cometidos contra los kurdos y la ausencia de verdaderas garantías para las libertades civiles. De este modo, los partidos islamistas ganaron una gran influencia en la sociedad turca después de 1990, adoptando discursos más radicales, en línea con el aumento general del fanatismo religioso en el mundo musulmán, y reivindicando los valores tradicionales frente al secularismo kemalista y a la perversión de Occidente. Por otra parte, la rivalidad con Grecia también obstaculizaba el acercamiento de Turquía hacia la UE. Desde el punto de vista turco, la verdadera razón de la reticencia europea a tratar a Turquía con justicia era la diferencia cultural y religiosa: la UE era un club cristiano.

Infografik EU Enlargement English

Infografía con las diferentes fases de ampliación de la Unión Europea (DW)

En cualquier caso, en 1999 Turquía y Grecia consiguieron formalizar un nuevo acuerdo. La crisis de Kosovo y los terremotos de este año indujeron a los dos Gobiernos a colaborar en la gestión de las emergencias y concluir acuerdos en los ámbitos del turismo, la cultura, la educación y la inmigración. Mientras tanto, la UE mostraba interesada en la incorporación de Turquía, y negociaba con el Gobierno de Atenas para que éste no vetase la candidatura turca, a cambio de la adhesión de la República de Chipre a la próxima ampliación masiva. Así, en el Consejo de Helsinki de 1999, la incorporación turca se formalizó a condición de que el Gobierno de Ankara cumpliera los criterios formales de establecimiento de instituciones civiles y democráticas, garantizara el Estado de Derecho y protegiera los derechos humanos de toda la población, respetara la economía de mercado y se comprometiese a respetar las obligaciones de los Estados miembros de la UE. Al mismo tiempo, el Consejo modificó el criterio de ampliación en “círculos concéntricos” por el principio de diferenciación, a raíz de las protestas de algunos candidatos de Europa central y de la necesidad de estabilizar los Balcanes después de las guerras de Yugoslavia. 

Los límites a la europeización de Turquía

Desde 2003, el Primer Ministro Recep Tayipp Erdogan, del partido islamista AKP, ha aplicado una política astuta de acercamiento a la UE, moderando, inicialmente, su discurso anti-occidental y avanzando con algunas reformas institucionales. Hombre identificado con los sectores tradicionalistas islamistas y con la población marginal de Anatolia, Erdogan tenía la intención a largo plazo de reformar completamente el régimen kemalista. Las condiciones europeas de gobernanza civil y democrática eran la gran ocasión para excluir a los generales kemalistas de la estructura política, reconstruyendo el Estado a su antojo. En consecuencia, la posibilidad de desvincular al Ejército del gobierno e integrar al país en la prosperidad del Mercado Común dio a Erdogan una gran base electoral

La gran barrera para la ampliación turca seguía siendo la República de Chipre, que se incorporó a la UE en 2004, ya que Turquía no reconoce la legitimidad del Gobierno de Nicosia. Defender el derecho de la República Turca de Chipre Septentrional a existir es una política de Estado en Turquía que atraviesa todas las ideologías políticas. De hecho, Turquía ha vetado la participación de la República de Chipre en los Tratados y en las organizaciones internacionales, lo que plantea un grave problema en las relaciones entre la OTAN y la UE. Por otra parte, Chipre ha bloqueado la adhesión de Turquía a la Unión y esta política ha sido apoyada por Grecia, Francia, Alemania y Austria. Incluso, en 2004, cuando el Secretario de las Naciones Unidas, Kofi Annan, presentó un plan para crear una Federación chipriota, incluidos los dos Estados autónomos, la mayoría turcochipriota votó a favor, gracias a la iniciativa de Erdogan, mientras que los grecochipriotas han rechazado la propuesta. 

Más allá del litigio en Chipre, Turquía tiene otras características poco atractivas para los europeos. En primer lugar, se trata de un país grande, en vías de desarrollo, con altas tasas de inflación y de pobreza y una gran dependencia del sector agrícola. Por consiguiente, la ampliación de Turquía costaría mucho a la Unión Europea, ya sea por la ampliación de la PAC y de los fondos de ayuda o por la posibilidad de la libre circulación de ciudadanos turcos en el resto de los países miembros. Además, Turquía tiene una población de 84 millones de habitantes que, de completarse la ampliación, cambiaría radicalmente las proporciones de los escaños en el Parlamento Europeo. 

El choque cultural entre una sociedad turca muy vinculada al Islam y una Europa cristiana secular sería un factor fundamental para la reticencia europea a cumplir las promesas de ampliación. Por otro lado, el déficit democrático del régimen turco no es sólo una cuestión de partidos políticos, sino también una grave falta de respeto por la libertad de expresión, las garantías civiles y los derechos humanos, en particular contra la nación kurda. Por estos motivos, Turquía nunca ha contado con el apoyo constante de ningún Estado europeo. En efecto, el principal factor de rechazo o aceptación de la europeización turca ha sido siempre el Gobierno alemán. Mientras que Gerhard Schröder fue un gran promotor del gobierno de Ankara, los democristianos Helmut Kohl y Angela Merkel se han opuesto a su integración, sobre la base de la cohesión cultural de Europa. La carencia de apoyos europeos sólidos ha sido un obstáculo para los turcos europeístas. Por ejemplo, algunos antiguos países ex comunistas, con las mismas deficiencias políticas y económicas que Turquía, han sido patrocinados por miembros de la UE, como fueron los casos Alemania con Polonia, Francia con Rumanía y Dinamarca y Suecia con las Repúblicas bálticas. 

Erdogan y el giro hacia el islamismo

En 2005, las conversaciones entre la UE y Turquía sobre la ampliación se estancaron. La ambigüedad de Europa en las negociaciones y el apoyo a Chipre habrían convencido a Erdogan de que los europeos no tenían intención de aceptar a Turquía. Por esta razón, el Primer Ministro retomó su discurso anti-occidental, junto con su estilo autoritario, en particular después de las elecciones de 2007, en las que el AKP ganó con un margen muy amplio. Por otra parte, la UE ha sufrido importantes transformaciones que han removido la ampliación de las prioridades de su agenda. La recesión, la crisis del euro, la Primavera Árabe, la intervención militar en Libia, la guerra civil siria, la ocupación rusa en Crimea y el aumento del terrorismo han llamado la atención de las instituciones de Bruselas y de las autoridades nacionales. 

En efecto, en 2014, el Presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, declaró que no habría nuevas incorporaciones a la UE a corto plazo. Además de las crisis descritas, la cuestión de los refugiados desde 2015 ha creado nuevas tensiones entre Erdogan y la UE. Turquía acoge a más de dos millones de sirios y aprovecha su posición de guardiana de la frontera europea para amenazar a la UE con el libre paso de refugiados hacia Grecia y Bulgaria. De hecho, en 2016, la UE estuvo a punto de firmar un acuerdo con Erdogan sobre la regulación de la entrada de refugiados en Grecia, a cambio de los fondos europeos para la asistencia y la reanudación de las negociaciones de ampliación. Sin embargo, después de la tentativa de golpe de Estado del Ejército turco contra Erdogan ese mismo año, estas negociaciones se suspendieron. Mientras tanto, el fracaso de los militares permitió a Erdogan endurecer su gobierno, penetrando en los medios de comunicación, ejerciendo presión sobre la justicia, purgando la burocracia y el Ejército de cuadros no erdoganistas y transformando a la República en un Estado policial. En consecuencia, en 2017, la UE anunció oficialmente la suspensión indefinida de la candidatura turca a la ampliación.

De este modo, Turquía sale de Europa antes de entrar en ella. Estimulado por la aparente debilidad europea y la popularidad del AKP, Erdogan acompaña su reflujo autoritario con una política exterior neootomana. El Sultán quiere convertirse en el árbitro principal del Mediterráneo Oriental, con el objetivo de ampliar la influencia marítima turca, y ejerce una política exterior expansiva que lo confronta con los intereses europeos en Oriente Medio y que desestabiliza desde el interior a la OTAN. Aunque Erdogan apoya oficialmente a las fuerzas rebeldes en Siria, ha aprovechado la Guerra Civil para avanzar en la frontera, colonizando el territorio sirio y exterminando a los kurdos. 

En efecto, Erdogan quiere convertirse en la referencia máxima del Islam político, razón por la cual mantiene relaciones ambiguas con organizaciones islamistas, como el DAESH y la Hermandad Musulmana, y trata de seguir dirigiendo la diáspora turca en Europa, mediante la financiación y el control de escuelas y de mezquitas turco-sunitas. Además, las necesidades energéticas de Turquía han impulsado a Erdogan a desarrollar buenas relaciones con Irán y Rusia, al mismo tiempo que escala el conflicto con Grecia y Chipre por la plataforma continental, donde se encuentran importantes reservas de hidrocarburos. Con todas sus declaraciones de grandeza, el aparente ascenso del nuevo Sultán no supera los límites inherentes de Estado. Turquía sigue siendo un país agrícola, con grandes problemas económicos y carencias industriales y enérgicas, por lo que su hegemonía real en el Oriente Medio es de difícil realización. Por último, la pandemia del COVID-19 ha sido devastadora para la economía turca, hasta el punto de que el nivel de vida actual es igual al del año 2000.

En resumen, la historia de las relaciones entre Europa y Turquía en el siglo pasado es una historia de enfrentamientos y encuentros. El carácter secular y occidental de la república querida por Kemal Atatürk no ha conseguido consagrar sus poderes europeos a los ojos del mundo. Turquía es un país con deficiencias económicas y el más poblado de todos los países europeos, así como un Estado autoritario que no respeta los derechos humanos. Por lo tanto, no es el candidato más tolerable para la Europa moderna. Dicho esto, los mismos problemas inherentes presentaban algunos de los antiguos Estados comunistas que eventualmente fueron aceptados en la UE. Además, entre 1997 y 2004, la UE y Turquía hicieron verdaderos esfuerzos para hacer avanzar la ampliación. 

En realidad, el gran obstáculo geopolítico para la ampliación de Turquía ha sido la cuestión chipriota, una disputa no negociable entre Turquía y Grecia. En consecuencia, el Gobierno de Erdogan ha radicalizado el discurso antioccidental y su política intervencionista neootomana en el Mediterráneo oriental, expulsando a la UE de su horizonte político. El mismo Erdogan sabe que la UE nunca se habría incorporado a Turquía por razones culturales y religiosas. En última instancia, la cuestión de Chipre es un conflicto étnico y los temores de Europa ante la ruptura de la cohesión cultural han sido un tema que rara vez se ha mencionado en voz alta, pero extremadamente poderoso como para retrasar la ampliación de Turquía. En resumen, como en el momento de su nacimiento, la República de Turquía sigue estando en esta posición anormal, a caballo entre la modernidad y la tradición, entre Europa y el Oriente Medio.


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