La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) fue concebida en 1949 para frenar la expansión del comunismo liderado por la Unión Soviética, la cual, formó su propia alianza militar, el Pacto de Varsovia, en 1955. Tras la desaparición de la URSS en 1991 y, por consiguiente, del bloque socialista y la Guerra Fría, y la instauración de la democracia multipartidista y la economía de mercado, algunos auguraban el fin de las contradicciones y los conflictos en el mundo. 

De hecho, la recién independizada Rusia y las demás ex repúblicas soviéticas se adhirieron al mecanismo “Asociación por la Paz” de la OTAN, y tres países del Grupo de Visegrado, Polonia, Hungría y la República Checa, se integraron en la Alianza Atlántica sin una oposición muy fuerte por parte del Kremlin. Paralelamente, Rusia hizo lo posible por conservar sus antiguas alianzas tras la extinción del Pacto de Varsovia, por lo que formó la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) y la Comunidad de Estados Independientes (CEI). También trató de retener su influencia en el mundo ortodoxo interviniendo en conflictos como los de Nagorno-Karabaj (1988-1994), Transnistria (1992) u Osetia del Sur (1991-1992), en los cuales EEUU no tenía gran interés. Ciertamente, hubo un breve periodo de distensión entre Moscú y Washington durante los años 90, que coincidió con una etapa de gran turbulencia social, política y económica en Rusia.

La llegada de Vladimir Putin a la presidencia en 2000 marcaría un antes y un después en las relaciones entre Rusia y Occidente. Un año atrás, la OTAN había bombardeado Yugoslavia pese al veto ruso en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, lo que prepararía el terreno para la política beligerante de Rusia que conocemos hoy en día.  El mandatario ruso abandonó la voluntad de diálogo constructivo con sus contrapartes occidentales que había caracterizado la política exterior de Mikhail Gorbachev y Boris Yeltsin para tratar de equilibrar la balanza de poder. Esta renovada asertividad de Rusia, apoyada en la recuperación de su economía y en la estabilidad interna tras la victoria gubernamental en Chechenia, posicionará a Moscú de nuevo en el centro del tablero geopolítico. El apoyo a regiones separatistas será una de las herramientas del Kremlin para evitar la ampliación de la OTAN, la cual, tras los países del Visegrado, continuará expandiéndose hacia el Báltico y los Balcanes. 

Tras la caída del gobierno prorruso de Ucrania liderado por Víktor Yanukóvich, el posterior conflicto armado y la posibilidad de una invasión rusa, las tensiones entre Rusia y la OTAN han llegado a su máximo histórico. En esta nueva pugna geopolítica, Rusia cuenta con el apoyo de las pocas ex repúblicas soviéticas que aún permanecen en su esfera de influencia, especialmente Bielorrusia, así como el de una China que empieza a alinearse con el Kremlin para desafiar la hegemonía estadounidense y occidental. Además, cabe destacar que tanto Moscú como Pekín forman parte de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). Este creciente eje ruso-chino, junto con la cooperación estratégica con Irán, pueden ser determinante para la resiliencia de la economía rusa ante posibles sanciones de Occidente a gran escala. 

Por su parte, el atlanticismo cuenta con la Unión Europea como principal aliado, siendo la mayor parte de los socios europeos, miembros a su vez de la OTAN, con la notable excepción de Suecia, Finlandia y Austria. La UE cuenta con un mecanismo de seguridad propio, la política exterior y de seguridad común (PESC), y la voluntad de buscar mayor “autonomía estratégica”, aunque carece de un ejército puramente europeo, por lo que vive bajo el paraguas militar de la OTAN. Asimismo, la Unión engloba distintas sensibilidades hacia Rusia, desde una línea dura encabezada por Polonia y los países Bálticos, hasta socios más rusófilos, como la Hungría de Viktor Orbán, pasando por posiciones equidistantes, como la de Alemania, cuyo apoyo a Ucrania se ve matizado por sus fuertes lazos económicos con Moscú.