Durante más de una década, la Unión Europea ha convivido con una anomalía estratégica de difícil encaje: un Estado miembro que, sin abandonar formalmente el proyecto comunitario, operaba como un vector de disrupción interna alineado, en determinados ámbitos, con los intereses de una potencia revisionista como Rusia. La Hungría de Viktor Orbán no fue únicamente un caso de euroescepticismo político, sino un nodo funcional a través del cual Moscú encontró margen de influencia indirecta en la toma de decisiones europeas. La derrota electoral de Orbán, tras más de quince años en el poder, obliga a revisar el alcance de esa influencia y las implicaciones de su eventual desmantelamiento.
El modelo de “democracia iliberal” impulsado por Orbán desde 2010 generó las condiciones estructurales para esa permeabilidad. La concentración de poder institucional, el debilitamiento de los contrapesos y la progresiva captura de sectores estrat
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