El Ártico ha dejado de ser un territorio remoto o una frontera olvidada para convertirse en uno de los escenarios más sensibles de la rivalidad geopolítica global. El deshielo progresivo, impulsado por el cambio climático, ha abierto la puerta a nuevas rutas marítimas y a un acceso más directo a enormes recursos energéticos, atrayendo la atención de múltiples actores. Mientras otros países debaten marcos legales y cooperación internacional, Rusia ha optado por imponer hechos consumados. Moscú ha decidido jugar con ventaja y hacerlo desde el primer momento, desplegando una herramienta que ningún otro Estado posee en la misma escala: la mayor flota de rompehielos nucleares del mundo.
Estos gigantes de acero no se limitan a partir el hielo. Reescriben las reglas del acceso, abren rutas comerciales bajo condiciones impuestas por Moscú y convierten una superioridad técnica en poder político y estratégico. Gracias a ellos, Rusia puede escoltar buq

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