Durante décadas, el Ártico fue presentado como una excepción geopolítica: una región protegida de las rivalidades internacionales por su aislamiento, sus condiciones extremas y una sólida tradición de cooperación científica. Esa etapa ha terminado. El cambio climático, la apertura progresiva de rutas marítimas, la competencia por recursos estratégicos y la militarización rusa están transformando el extremo norte en una prolongación de la confrontación en el teatro europeo de operaciones. El Ártico ya no constituye una periferia de la seguridad occidental, sino uno de sus principales espacios de alerta temprana, disuasión nuclear y conexión transatlántica. Para la Unión Europea y la OTAN, ignorarlo supondría conceder a Moscú una ventaja estratégica difícilmente reversible.







